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Por: A. W. Tozer

Este artículo forma parte de la serie «Encuentros con el Dios Todopoderoso»

«Yo soy el Alfa y la Omega —dice el Señor Dios—, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso». APOCALIPSIS 1:8

La prioridad incondicional de Dios en su universo es una verdad célebre tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El profeta Habacuc lo cantó en un lenguaje extático: «¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío?» (1:12). El apóstol Juan lo expuso con palabras cuidadosas y profundas en su significado:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. (1:1-3)

Aquí reconocemos (y hay temor y asombro en el pensamiento) la unidad esencial de la naturaleza de Dios, la persistencia eterna de su ser inmutable a través de la eternidad y del tiempo […] Empecemos donde deseemos, Dios está allí primero. Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin […] Si buscamos a tientas los límites más lejanos del pensamiento donde la imaginación toca el vacío previo a la creación, encontraremos a Dios allí. En una presente mirada unificada. Él comprende todas las cosas desde la eternidad, y el aleteo del ala de un serafín de aquí a mil años lo ve Él ahora sin mover los ojos.

Tu intemporalidad es una verdad que va más allá de mi comprensión, Señor, pero me lleva a postrarme ante ti con asombro. Amén.


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