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Por: Andrew Murray.*

Nuestra segunda lección de pentecostés sobre el dinero la encontramos en el capítulo 3:6: “Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Aquí está: el Espíritu Santo prescinde del dinero.

Nuestra primera lección fue: la Iglesia de Pentecostés necesita dinero para su trabajo; el Espíritu de Pentecostés proporciona dinero; el dinero puede ser, simultáneamente, una prueba cierta del poderoso obrar del Espíritu y un bendito medio para abrir el camino de una acción más completa por su parte. Pero existe un peligro que siempre acecha. Los hombres comienzan a pensar que el dinero es la mayor necesidad; que la abundancia del dinero que se recibe es una prueba de la presencia del Espíritu; que el dinero debe de ser fortaleza y bendición. Nuestra segunda lección disipa estas ilusiones y nos enseña cómo el poder del Espíritu se puede mostrar igualmente allí donde no hay dinero. El Espíritu Santo es el enorme poder de Dios, que ahora se aviene a usar el dinero de sus santos, demostrando una vez más lo divinamente independiente que es de él. La Iglesia debe someterse para ser guiada a esta doble verdad: que el Espíritu Santo reclama todo su dinero y que las obras más poderosas del Espíritu Santo se pueden llevar a cabo sin él. La Iglesia nunca debe pedir dinero como si este fuera el secreto de su fuerza.

Fijémonos en estos apóstoles, Pedro y Juan, sin un centavo en su pobreza terrenal, y precisamente en virtud de su pobreza, poderosos para dispensar bendiciones celestiales. “Pobres y, sin embargo, enriqueciendo a muchos”. ¿Dónde habían aprendido esto? Pedro dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Eso nos remite a la pobreza que Cristo les había ordenado, y de la cual les había dado un maravilloso ejemplo. Con su santa pobreza demostraría a los hombres lo que es una vida de perfecta confianza en el Padre, cómo la posesión de riquezas celestiales nos hace desprendernos de los bienes terrenales, cómo la pobreza terrenal encaja mejor con mantener y dispensar tesoros eternos. El círculo interno de sus discípulos encontró en el seguimiento de los pasos de su pobreza la comunión de su poder. El Espíritu Santo le enseñó al apóstol Pablo la misma lección. Para estar siempre en cosas externas, desprenderse totalmente incluso de las cosas legítimas de la tierra es una ayuda maravillosa (casi parece decir que indispensable) a la hora de dar testimonio de la absoluta realidad y suficiencia de las riquezas celestiales invisibles.

Podemos estar seguros de que a medida que el Espíritu Santo comienza a obrar con poder en su Iglesia, nuevamente se verá su poderosa operación en la posesión de su pueblo. Algunos se harán nuevamente pobres con su ofrenda, en la fe viva del valor incomprensible de su herencia celestial y el gozo ferviente que el Espíritu les da en ella. Y algunos que son pobres y se encuentran en graves aprietos en su trabajo para Dios aprenderán a cultivar más plenamente la conciencia gozosa: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”, y algunos que no están llamados a darlo todo, aun así, darán con una generosidad desconocida, porque pueden comenzar a ver el privilegio de darlo todo, y anhelan acercarse lo más posible. Y tendremos una Iglesia que dé voluntaria y abundantemente, y que, sin embargo, no confíe en su dinero ni por un instante, sino que honre más a aquellos que tienen la gracia y la fuerza de ser seguidores de Jesucristo en su pobreza.

*Andrew Murray fue un escritor, maestro y pastor cristiano sudafricano. Murray consideraba que las misiones eran «el fin principal de la iglesia». 


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