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Por: Paul Washer

Las Escrituras nos enseñan que el hombre no es un accidente ni el resultado de un proceso  irracional; más bien, el hombre es la obra creativa del Dios eterno. Después de que Dios creó todas las demás criaturas, formó al primer hombre, Adán, del polvo de la tierra. Luego, Dios sopló aliento de vida en la nariz de Adán y él fue un ser viviente. De Adán, Dios formó a Eva, la mujer, para ser su compañera y ayuda. Se les ordenó que se multiplicaran y llenaran la tierra, que había sido puesta bajo su dominio. Toda la humanidad encuentra su ancestro común en la unión de Adán y Eva.

La Escritura es clara en que tanto el hombre como la mujer fueron creados por Dios y para Dios, y encuentran el significado de su existencia solo en amarlo a Él, glorificarlo a Él, y hacer Su voluntad. A diferencia de todas las demás criaturas, ellos fueron hechos a imago dei — imagen de Dios— y se les concedió el privilegio de vivir en una relación personal y continua con Él.

Estas verdades son de gran importancia para nosotros porque definen quiénes somos y el propósito para el que fuimos creados. No somos los autores de nuestra propia existencia; fuimos traídos a existencia por el poder de Dios y Su misericordiosa voluntad. No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que Dios nos hizo para Sus propósitos y buena voluntad. Buscar separarnos de Dios es intentar arrancarnos de la vida misma. Vivir independientemente de Su persona y voluntad es negar el propósito por el cual fuimos creados.

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Un comentario en «Apuntes sobre la creación del hombre – Paul Washer»

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