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Por: Sugel Michelén.

Cuando rastreamos en las Escrituras la práctica del ayuno, ya sea a nivel individual o colectivo, encontraremos que el pueblo de Dios solía ayunar en las siguientes circunstancias.

Por un lado, vemos que el pueblo de Dios ayunaba cuando se encontraba en medio de un gran pesar por causa de su pecado delante de Dios. Daniel ayunó en Babilonia como una manifestación de dolor ante los pecados del pueblo; y lo mismo hizo Esdras: “No comió pan ni bebió agua, porque se entristeció a causa del pecado de los del cautiverio” (Esd. 10:6).

También ayunaban como una manifestación de profundo dolor, como cuando David se enteró de la muerte de Abner; cuando le ofrecieron comida dijo: “Así me haga Dios y aun me añada, si antes de que se ponga el sol gustare yo pan, o cualquiera otra cosa” (2Sam. 3:35).

En las Escrituras encontramos al pueblo de Dios ayunando también en medio de circunstancias difíciles, como cuando fueron atacados por Moab y Amón en los días de Josafat (comp. 2Cro. 20:1-4, 21-23). De igual manera, en el libro de Ester vemos cómo la oración acompañada de ayuno juega un papel preponderante en toda la historia.

A todo esto podemos añadir que el pueblo de Dios ayunaba cuando necesitaba la dirección y capacitación de Dios en medio de tareas difíciles. El Señor Jesucristo ayunó 40 días antes del inicio de Su ministerio. Siendo el Hijo de Dios encarnado dependía totalmente de Su Padre, y ese sentido de dependencia lo movía a buscar el rostro de Dios, no sólo en oración, sino también en ayuno.

Ese mismo patrón lo vemos en la iglesia primitiva, que tanto en Hch. 13:2 como en 14:23 buscaron la dirección de Dios en el contexto de la selección de sus líderes en ayuno y oración.

En todos estos ejemplos vemos el mismo patrón. Estos hombres y mujeres no ayunaban para sobornar a Dios, ni para darle pena y así ablandar Su corazón. Su sentido de necesidad y dependencia los llevaba a ayunar.

Somos una raza de gente necesitada, y por esa misma razón necesitamos buscar continuamente el rostro de Dios en oración, y en ocasiones tendremos que hacerlo en una forma especial, apartándonos de todas las cosas para dedicarnos con más ahínco y sin estorbo a tener comunión con El. Eso es ayunar.

Tal vez se le ha puesto más énfasis a la mecánica del ayuno que a su esencia. La Biblia no plantea una forma rígida de ayunar. Puede ser un ayuno individual o colectivo; puede ser de un día o más, o aun puede ser una parte del día; puede ser total o parcial, como el ayuno practicado por Daniel en Dn. 10:3, que consistió simplemente en abstinencia de manjares delicados, de carne y de vino por tres semanas.

Pero sea de un modo o de otro, lo importante es la disposición que nos ha movido a venir delante de Dios en oración y ayuno. ¿Es acaso que has sentido un dolor agudo por causa de tu pecado? ¿O que te encuentras en medio de una situación aflictiva? ¿O en medio de alguna circunstancia difícil y necesitas la dirección de Dios? Busca el rostro de Dios con un profundo sentido de dependencia. Dice en el Sal. 145:18 que nuestro Dios se acerca “a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras”.

No a los que cumplen un ritual por las mañanas, y antes de salir de sus casas se postran y dicen: “Señor, bendíceme en este día. En el nombre de Jesús. Amén”. Dios está cercano a los que le invocan de veras, con un sentido tal de urgencia y necesidad, que en ocasiones encontraremos a este hombre buscando el rostro de Dios no sólo en oración, sino también en ayuno (Mr. 2:18-20).

Quiera Dios poner en nosotros un cada más profundo sentido de dependencia y de insuficiencia que nos mueva a buscarle más intensamente. Mientras haya pecados que confesar, dolores intensos que aliviar, situaciones difíciles que enfrentar, y decisiones cruciales que tomar, el ayuno será necesario.

Cristo dijo que cuando el esposo nos sea quitado nos veríamos en la necesidad de ayunar. Era de estos días que el Señor hablaba. Debemos buscar Su rostro intensamente, porque lo necesitamos intensamente.

ARTÍCULO DE INTERÉS: ¿Cómo debemos aplicar el ayuno hoy en día? – John MacArthur

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Un comentario en «La práctica del ayuno, cuándo y cómo – Sugel Michelén»

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