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Por: Andrew Murray

Este artículo forma parte de la serie «Santidad» escrita por Andrew Murray

Porque lo dice el excelso y sublime, el que vive para siempre cuyo nombre es santo: yo habito en un lugar santo y sublime, pero también con el contrito humilde espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y alentar el corazón de los quebrantados. ISAÍAS 57:15

Es maravillosa la revelación que Dios le dio a Isaías al mostrarse como el santo, como el Salvador y redentor de su pueblo. Aquí revela una figura nueva y especialmente bella de la santidad divina en relación con lo individual. El excelso y sublime mira al hombre de corazón contrito y humilde para habitar con él. La santidad de Dios es su amor condescendiente. Así como es fuego consumidor contra el altivo que se exalta a sí mismo en su presencia, también es como la luz brillante del sol, que vivifica y revitaliza el corazón.

No existe nada más atractivo para Dios, ninguna otra cosa que tenga tal afinidad con su santidad como un corazón contrito y quebrantado y un espíritu humilde. La razón es evidente. En el hombre, si el ego tiene la posesión la voluntad propia tendrá el dominio, y no queda, por lo tanto, lugar o espacio para Dios. Es imposible para Dios habitar en el ser humano si el ego está en el trono. Pero a medida que el Espíritu de Dios revela el dominio del yo, y el alma puede ver que ha sido el ego el que la ha mantenido, aún sin saberlo, alejada de Dios, con cuánta vergüenza se quebranta y cómo anhela librarse del yo para que Dios ocupe su lugar. Este quebrantamiento es el que expresa la palabra contrito. Entonces el alma se humilla a sí misma en un auto abatimiento, con el único deseo de ser nada y darle a Dios el lugar correcto que Él le corresponde.

Tal quebrantamiento y humillación son dolorosos, pero es el humilde el que encuentra al santo. Precisamente cuando la conciencia de pecado y debilidad, y el descubrimiento del dominio del ego nos hace temer que jamás podremos llegar a ser santos, el Dios santo se da a sí mismo. Cuando hemos llegado al punto de perder toda esperanza de ver en nosotros algo mejor que pecado, levantamos nuestros ojos hacia el Dios santo y nos damos cuenta que su promesa es nuestra única esperanza. Mediante la fe el Dios santo se revela al alma contrita, se acerca a ella, toma posesión y le da nueva vida al corazón. Feliz el alma que está dispuesta a aprender la lección de que son simultáneas las experiencias de debilidad y de poder, de vacío y llenura, de profunda humillación y del disfrute de la presencia del Dios santo morando en nuestro ser.

Oh, Señor, excelso y sublime, mi alma se postra en un lugar bajo ante ti. Mi insignificancia como criatura me humilla y otro tanto hacen mis pecados y mi pecaminosidad. Me escondo tras de mi bendito Salvador. En Él, en su Espíritu y semejanza viviré delante de ti. Reavívame Señor. Amén.

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