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Por: Charles Spurgeon

Dios aborrece la naturaleza depravada, y, por lo tanto, esta debe ser apartada antes de que podamos ser aceptados por Él. Dios no odia nuestro pecado tanto como nuestra pecaminosidad. No la abundancia del manantial, sino la fuente en sí misma; no la flecha que sale del arco de nuestra depravación, sino el brazo que levanta el arco de pecado, y el motivo que lanza los dardos contra Dios.

El Señor está enojado, no solamente contra nuestros hechos manifiestos, sino contra la naturaleza que los impulsa. Dios no es tan miope que solo mire a la superficie, sino que mira a la misma fuente y origen. Él dice: “En vano será que hagáis el fruto bueno si el árbol es malo. En vano tratáis de endulzar el agua si la fuente está corrompida”.

Dios está airado contra el corazón del hombre; siente aborrecimiento hacia su naturaleza depravada, y Él la quitará y la purgará totalmente antes de admitir al hombre en comunión con Él y sobre todo en la dulce comunión del Paraíso. Existe, por tanto, la exigencia de una nueva naturaleza que nosotros debemos poseer, o de otro modo, jamás veremos Su rostro con favor.

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Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 405. Foto de Guilherme Stecanella en Unsplash


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