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Por: MEGAN HILL

Mi lista de reproducción de crianza tiene varias pistas en modo repetición. «¿Te cepillaste los dientes?» se reproduce para cuatro niños al menos dos veces al día. «No olvides tus quehaceres» es la melodía de todos los sábados por la mañana. «Guarda tus zapatos por favor» está en la cola más a menudo de lo que puedo contar. Además, yo agrego a esta lista casi todos los días: «¿Leíste tu Biblia?» y «Recuerda, vamos a tener el momento de adoración familiar a las 7:30» .

No tienes que pasar mucho tiempo en mi casa para que me escuches repetirme.

Esto ha sido para mí una de las cosas más difíciles de la crianza. Si antes de tener hijos me hubieses preguntado, te habría dicho que, claro, con toda probabilidad tendría que repetirme un par de veces a un niño de dos años. Sin embargo, nunca imaginé que (15 años después) todavía le estaría recordando a las personas que deben peinarse.

Décadas y niños después, la crianza ha revelado crudamente mi tentación hacia la impaciencia. A medida que avanza el día, mi tono se intensifica con cada repetición. Mi boca hace una mueca mientras forma las mismas palabras una y otra vez. Mi cuero cabelludo se eriza con la afrenta de la tercera persona consecutiva que quiere saber «¿qué hay de cena?».

¿Mejores sistemas o un mejor corazón?

Con toda probabilidad, yo pudiera implementar sistemas más eficientes en mi hogar para reducir la cantidad de veces que tengo que decir lo mismo. Estoy segura de que hay un gurú de Instagram en algún lugar que me vendería una linda pizarra con una lista de verificación diaria que garantiza ahorrar mis palabras maternales.

Pero mis hijos no son un producto de la línea de montaje y no estoy segura de querer subcontratar la reiteración de verdades importantes como: «Te amo», «Mira a Jesús» y «¿Leíste tu Biblia?». Algunas cosas deben ser dichas.

Es más, tener una logística familiar óptima no alejará mi corazón de la impaciencia. Aun después de resolver el problema de recordarle a la gente que deben colgar sus chaquetas, estoy segura de que pasaría a estar molesta con su necesidad de ser ayudados con las matemáticas o la gramática durante su tiempo de tarea. Me sentiría frustrada al hablarles sobre los pasos de la resolución de conflictos una vez más. Hasta pudiera resentir el hecho de que sigan pensando que la salvación es algo que tienen que ganar siendo buenos, sin importar cuántas veces les haya dicho que todo es por gracia.

No puedo negar el hecho de que el problema que tengo con repetirme es un problema de mi propio corazón.

Pablo, el padre paciente

Sin embargo, en medio de mi impaciencia en la crianza, el apóstol Pablo me muestra un camino más excelente. Justo en el medio de su carta a la iglesia en Filipos, Pablo dice: «A mí no me es molesto escribirles otra vez lo mismo, y para ustedes es motivo de seguridad» (Fil 3:1).

Pablo sabía todo sobre repetirse a sí mismo. Mientras viajaba por todo el mundo conocido, predicando sermones, plantando iglesias y escribiendo cartas, contó y volvió a contar el mensaje del evangelio. Solo el cielo revelará exactamente cuántas veces Pablo proclamó «a Jesucristo, y Este crucificado» (1 Co 2:2).

En iglesias particulares, también tuvo que repasar lecciones que las congregaciones habían olvidado o ignorado, o que eran muy importantes. Con los corintios repitió los fundamentos de la fe cristiana (1 Co 3:1-2). A los gálatas les emitió múltiples advertencias en contra de escuchar a los falsos maestros (Gá 1:9). A los filipenses les ordenó cuatro veces en cuatro capítulos: «Regocíjense» (Fil 2:183:1; dos veces en 4:4).

Las cartas de Pablo están llenas de cosas que él ya había dicho. Pero, a diferencia de mí, no las repite con el ceño fruncido.

Entonces, ¿qué podemos aprender del ejemplo de Pablo que pueda ayudarnos a convertirnos en padres pacientes?

Claves para la paciencia

En primer lugar, Pablo escribe en Filipenses que repetirse a sí mismo «no me es molesto» (Fil 3:1). Esto es sorprendente porque con frecuencia nuestra impaciencia se debe al hecho de que repetir lo mismo parece ser muy problemático para nosotros. Por lo general, tener que recordarles a mis hijos que preparen sus almuerzos se siente como una carga (y no una ligera), así como decirles de manera recurrente que se cepillen los dientes y hagan sus tareas.

Pero Pablo nos muestra que ser paciente no debería ser una molestia por amor a los demás. Jacob trabajó siete años por Raquel «y le parecieron unos pocos días, por el amor que le tenía» (Gn 29:20). Pablo anhelaba a los filipenses «con el entrañable amor de Cristo Jesús» (Fil 1:8), por lo que no le molestaba repetirse unas cuantas veces. Debemos valorar tanto a nuestros hijos que decir las mismas cosas una y otra vez no represente una gran cosa.

En segundo lugar, Pablo dice que su exhortación repetida «para ustedes es motivo de seguridad» (Fil 3:1). Pablo reconoció que podía hacer un gran bien a los filipenses por el simple hecho de ser paciente con ellos. De manera similar, nuestras palabras pacientes pueden animar los corazones de nuestros hijos, equiparlos con la verdad, estimularlos a la obediencia y apuntarles a Cristo.

Recordarles a mis hijos todos los días y con dulzura que sean amables, que trabajen duro y que miren a Cristo no es fortuito. Tengo que recordárselo porque ellos, al igual que yo, son propensos a olvidar. Cuando lo repito de nuevo, pastoreo sus almas hacia un lugar seguro.

Jesús, el Padre paciente

En última instancia, la «crianza» paciente de Pablo refleja la de Jesús, de quien Isaías profetizó: «No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que casi no arde» (Is 42:3). Si Dios no hubiese sido paciente con nosotros, hubiésemos sido consumidos por su ira en un instante.

Pero nuestro Señor ha sido paciente con nosotros: Él perdona nuestros pecados, nos da su Espíritu, escucha nuestras oraciones y nos instruye en su Palabra una y otra vez. Él ha hecho todas estas cosas como si «no fueran un problema» para Él porque son seguras para nosotros, sus hijos amados.

Así, en Cristo, puedo responder preguntas regulares sobre refrigerios y hacer recordatorios repetidos sobre la adoración familiar con gracia. Decir las mismas cosas a mis preciosos hijos en realidad no es un problema para mí y es motivo de seguridad para ellos.

ARTÍCULO DE INTERÉS → Cuando amar a nuestros hijos significa decir «NO»


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición. Foto de Bethany Beck en Unsplash

Nota del editor: Patience: Waiting with Hope (Paciencia: Esperando con esperanza) de Megan Hill (P&R, octubre de 2021) es un devocional de 31 días diseñado para ayudar a los cristianos que buscan crecer en la gracia de la paciencia. Partes de este artículo fueron adaptados del libro. Usado con permiso.

*Megan Hill es esposa de pastor, vive en Massachussets. Es editora para The Gospel Coalition y autora de tres libros: Praying Together: The Priority and Privilege of Prayer: In Our Homes, Communities, and Churches [Orando juntos: La prioridad y el privilegio de la oración: en nuestros hogares, comunidades, e iglesias] (Crossway/TGC, 2016), Contentment: Seeing God’s Goodness [Contentamiento: Viendo la bondad de Dios] (P&R, 2018) y A Place to Belong: Learning to Love the Local Church [Un lugar al que pertenecer: Aprendiendo a amar la iglesia local] (Crossway, May 2020).

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