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Por: A. W. Tozer

Este artículo forma parte de la serie «Mi búsqueda diaria«

Y los sacerdotes desempeñaban su ministerio; también los levitas, con los instrumentos de música de Jehová, los cuales había hecho el rey David para alabar a Jehová porque su misericordia es para siempre, cuando David alababa por medio de ellos. Asimismo los sacerdotes tocaban trompetas delante de ellos, y todo Israel estaba en pie. 2 CRÓNICAS 7:6

Como sucede con muchos, me encanta la música religiosa. Hay quienes confunden esa música con la verdadera adoración puesto que suele elevar el corazón casi hasta arrobarnos. La música puede elevar nuestros sentimientos hasta extasiarnos. Tiene un efecto en nosotros que hace que lleguemos a un estado de elevación y felicidad con una vaga noción de Dios, imaginando que estamos adorándolo a Él cuando en realidad no lo estamos haciendo.

Simplemente, disfrutamos la música. Es algo que Dios ha puesto en nosotros y que ni siquiera el pecado ha podido eliminar. No creo que haya poesía en el infierno. No puedo creer que en la terrible podredumbre moral del mundo haya alguien que pueda crea metáforas y símiles. No concibo que alguien, en ese terrible lugar que llamamos infierno, pueda irrumpir en cánticos.

No hay poesía ni música en el infierno, pero en la tierra sí las hay, incluso en quien no es salvo puesto que esa persona fue creada a imagen de Dios. La música entonces es el remanente residual de esa imagen que hace que la persona irrumpa en cántico.

Del rescate de su sangre hoy puedo cantar,

En mi alma hay paz y reposo, y calmo espero

Libre ya de toda duda para poder clamar,

Que redimido soy por la sangre del Cordero.

RUSSELL K. CARTER (1840-1928)

A ti, oh Dios, sea toda alabanza. Me arrodillo ante ti y elevo mi corazón en alabanza y adoración. Alabo tu nombre en mi vida hoy. En el nombre de Jesús, amén.

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Foto de Jefferson Santos en Unsplash


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