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Por: Andrew Murray

Este artículo forma parte de la serie «Santidad» escrita por Andrew Murray

“Yo soy el Señor su Dios, que los he distinguido entre las demás naciones. Sean ustedes santos, por que yo, soy santo, y los he distinguido entre las demás naciones, para que sean míos.   LEVÍTICO 20:24,26

La separación en sí misma no es la santidad, pero es el camino hacia ella. Aunque no puede haber santidad sin separación, sí puede haber una separación que no conduce a la santidad. Para cualquiera que procura la santidad es de vital importancia comprender tanto la diferencia como la relación que existe entre ambas.

 Santidad no es lo que yo soy, hago, o doy, sino lo que Dios es, lo que Él hace y lo que Él me da.

 a palabra hebrea santidad se deriva de una raíz que significa separa. “Apartar para Dios”, someterse a sus demandas,  consagrarse a su servicio es intrínsecamente parte de la santidad, pero ello es solo el comienzo. La santidad es en sí misma  muchísimo más. Santidad no es lo que soy yo, hago, o doy, sino lo que Dios es, lo que Él hace y lo que Él me da. Es el hecho de que Dios toma posesión de mi vida lo que me hace santo. Ocho veces encontramos esta demanda en el libro de levítico: “santos seréis porque santo soy yo el Señor vuestro Dios.” La santidad es el máximo atributo de Dios, y es expresión no solo de su relación con el pueblo de Israel, sino de su mismo ser y naturaleza. Y aunque es de manera lenta y gradual que él puede enseñar a la mente carnal del hombre su verdadero significado, no obstante, desde el principio le ha dicho a su pueblo que su propósito es que sea como el mismo: santo. La separación es solamente el poner aparte y tomar posesión de la vasija para limpiarla y utilizarla; la llenura de la misma con el precioso contenido que se le confía es lo que le confiere su verdadero valor.

La separación no es una demanda arbitraria de Dios, sino un requisito indispensable. Separar una cosa es liberarla de otros usos para un propósito especial, para que con un poder sin dividir cumpla la voluntad de quien la escogió y realice así su destino. Dios nos ha separado para Él en el sentido más amplio de la palabra, para entrar en nosotros y mostrase a sí mismo en y a través de nuestras vidas. A medida que el Señor logra y toma plena posesión de nosotros, cuando la vida eterna en Cristo ejerce pleno Señorío en todo nuestro ser, a medida que el Espíritu Santo fluya plena y libremente a través de nuestras vidas y habite en nosotros la presencia de Dios, esa separación no será un asunto de ordenanzas sino una realidad espiritual. El Señor en su divino amor desea hacernos suyos y con ese propósito nos atrae hacia Él.

Mi Padre celestial, tú me has separado para ti. Perfecciona la separación de mi ego. Decido  desechar el egoísmo, y liberarme del señorío de mi ego. Que tu presencia reinando en mi corazón baje a mi ego del trono. Amén.

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Un comentario en «La Santidad y la Separación – Andrew Murray»

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