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Por: Charles Spurgeon

Juan 3:18: El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Cuando los vientos soplan y las tormentas están desatadas, cuando la tentación aúlla a través del alma, siempre huimos hacia la Palabra de Dios y no hacia nuestra propia experiencia: Nos apartamos de lo que sentimos hacia lo que el Señor ha dicho. Una onza de «escrito está» da más confianza que una tonelada de lo que hemos sentido. En tiempos problemáticos nos inclinamos a juzgar que nuestro sentimiento de felicidad fue un engaño, que nuestra confianza fue un error. Decimos «Es cierto, pensé que estaba en pie y que miraba a través de las puertas de perla, y estaba lleno de gozo celestial, pero al final puede que todo haya sido un sueño».

Sin embargo, esto no es ningún sueño: Que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores: no hay error en cuanto a ese hecho, que Dios ha enviado a su hijo para ser la propiciación por el pecado. Eso no es ninguna imaginación. Está escrito en blanco y negro en la Palabra de verdad, y huimos de nuevo hacia ese testimonio. Ya sea un santo o un pecador, ya sea que soy un heredero del cielo o de la ira, la palabra permanece ahí: «El que cree en Él no es condenado». Creo en Él, y no soy condenado, ni todos los diablos en el infierno pueden hacerme pensar que lo soy, puesto que Dios ha dicho que no lo soy. Sobre esa roca mi fe permanece firme, venga lo que venga.

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Foto de Chris Malinao Burgett en Unsplash


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