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Por: Charles Spurgeon.

Este artículo forma parte de la serie: «La oración – Charles Spurgeon»

“Tan pronto como empezaste a orar, Dios contestó tu oración. He venido a decírtelo porque tú eres muy apreciado.” DANIEL 9:23

¿Con qué se podrían comparar las plegarias de Daniel? Me parece a mí que en intensidad eran como truenos y relámpagos a las puertas del cielo. Se paró allí frente a Dios y le dijo: “Oh, Altísimo, tú me has traído hasta este punto así como llevaste a Jaboc, y tengo la intención de estar contigo toda la noche y luchar hasta que llegue el alba. No puedo dejarte, y “no te dejaré hasta que me bendigas” (Génesis 32:26). Ninguna oración producirá una respuesta inmediata, si no es una oración ferviente. “La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16); pero si no es ferviente no podemos esperar que sea eficaz. Tenemos que evitar el lenguaje florido. Debemos pedirle a Dios que derrita las congeladas cavernas de nuestra alma, y que convierta nuestros corazones en hornos de fuego ardiendo 7 veces más. Si nuestros corazones no arden quizá nos preguntemos si Jesús está con nosotros. Él ha amenazado con vomitar de su boca a quienes no son ni fríos ni calientes (Apocalipsis 3:16). Si es cierto que Él “fuego consumidor”, no tendrá comunión con nosotros hasta que nuestras almas crezcan, maduren y se conviertan también en «fuego que consume».

¡Ah, por un poderoso clamor! ¡Un clamor! ¡Que prevalezca! ¡Que estremezca los ámbitos celestiales! ¡Un clamor que abra las puertas de los cielos! ¡Que sea irresistible para Dios! ¡Un clamor que los santos eleven juntos en amor y lleno de pasión santa! Deja que Dios arroje la piedra en el pozo estancado de su iglesia y podamos ver como las ondas del avivamiento son expandidas a través de todo el mundo. El Reino de Dios se extenderá y vendrán días de refrigerio y fluyendo de la presencia del Señor. Permítame decir ahora ante su vista que aún si a Él no le place oírnos al comienzo de nuestra súplica, es nuestro deseo esperar en Él hasta que lo haga. Aún permaneces escondido tras las montañas, pero esperamos por ti como aquellos que esperan la mañana. ¡Pero no te tardes Dios, nuestro! ¡Apresúrate, amado nuestro!

Espíritu Santo, enciende en mi alma un fuego de amor apasionado por Jesús. Que tu presencia derrita los témpanos que han congelado mi corazón. Amén.

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Tomado del folleto titulado “La oración” de Charles Spurgeon.


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