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Por: Andrew Murray

Este artículo forma parte de la serie «Santidad» escrita por Andrew Murray

“Haz una placa de oro puro, y graba en ella, a manera de sello: consagrado al Señor. Sujétala al turbante con un cordón púrpura de modo que quede fija a éste por la parte delantera. Esta placa estará siempre sobre la frente de Aarón, para que el Señor acepte todas las ofrendas de los israelitas.” ÉXODO 28:36 – 38

 La casa de Dios debía ser el lugar de habitación de su santidad, en donde Él se revelaría como el santo, a quien no se debía acercar nadie excepto con temor y temblor. Allí se revelaría también como el santificador, atrayendo hacia Él a todos los que desearan participar de su santidad. El centro de esta revelación era el sumo sacerdote, quien era el representante de Dios ante el hombre, y del hombre ante Dios. Él es el símbolo de la santidad divina en forma humana, de la santidad humana como un regalo divino. En él DIOS se acercó para santificar y bendecir al pueblo se acercó a Dios cuanto le era posible. Sin embargo, el día de la expiación en el cual debía entrar al lugar santísimo, era la prueba misma de cuán impío es el hombre. Este sumo sacerdote era en sí mismo la prueba de la impiedad de Israel, no obstante, era el tipo y el retrato del Salvador que vendría, nuestro Señor Jesús, una maravillosa demostración de cómo participaría su pueblo de la santidad de Dios.

Tal vez el hecho más impactante en el cual el sumo sacerdote tipificaba a Cristo, en cuanto a nuestra santificación, era la corona santa que llevaba en su frente. Todo a su alrededor debía ser santo. Los utensilios eran santos, sus vestiduras eran santas. Pero había un elemento que hablaba de la manera más expresiva de su santidad. Sobre su frente debía llevar siempre una placa de oro en la cual estaban grabadas las palabras: “consagrado al Señor” todos tenían que leer que el objetivo integral de su existencia era ser la representación –el portador y el mensajero- de la santidad divina, el elegido a través del cual la santidad de DIOS fluiría en bendición sobre su pueblo.

La corona santa, este emblema dedicatorio, expresaba la promesa y compromiso del Señor de que la santidad del sumo sacerdote garantizaba que el adorador era aceptado. El peticionario podía mirar al sumo sacerdote no solo a efecto de procurar la expiación mediante el rociamiento de la sangre, sino también para asegurar una santidad que lo hiciera aceptable a él y a sus dones. Si esto fue cierto, entonces, cuánto más ahora mediante el sacerdocio de Cristo. Tan grande como pueda ser nuestro pecado, cuando miramos al Señor Jesús y leemos en su frente, “consagrado al Señor” levantamos nuestros rostros para recibir la sonrisa divina de aprobación plena y perfecta aceptación.

Padre bendito, abre nuestros ojos para ver y nuestros corazones para comprender esta corona santa de nuestro bendito Jesús. Me acerco a Él como mi verdadero sumo sacerdote y entro a su santidad hasta que ella tome posesión de mí y sature todo mi ser. Amén.

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