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Por: J.C. Ryle.

Quizá no haya otra porción de la Escritura tan conocida como esta; en todo lugar donde se halla el cristianismo, sus palabras son familiares; decenas y cientos de miles de personas que nunca han visto una Biblia ni han oído el Evangelio puro, conocen el “Padre Nuestro” o “Paternoster”. Bueno sería para el mundo que se conociera el espíritu de esta oración tan bien como se conoce su texto.

Ninguna otra parte de la Escritura es tan rica en su contenido, siendo al mismo tiempo tan sencilla; es la primera oración que aprendemos a decir cuando somos niños: tal es su simplicidad. Contiene el germen de todo lo que el más maduro de los santos pueda desear: tal es su riqueza. Cuanto más meditemos cada una de sus palabras, más pensaremos: “Esta oración proviene de Dios”.

El Padre nuestro consta de diez partes o frases. Hay en ella una declaración respecto al Ser al que oramos; hay tres pequeñas oraciones acerca de su nombre, su Reino y su voluntad; hay cuatro oraciones acerca de nuestras necesidades diarias, nuestros pecados, nuestra debilidad y nuestros peligros; hay una afirmación de nuestros sentimientos por los demás; como conclusión, hay una atribución de alabanza. En todas estas partes se nos enseña a decir “nosotros” y “nuestro”. Hemos de recordar a otros, además de a nosotros mismos. Sobre cada una de estas partes se podría escribir un libro. Pero ahora debemos conformarnos con tomar las frases una por una y destacar las lecciones que cada una de ellas contiene.

La primera frase declara a quién tenemos que orar: “Padre nuestro que estás en los cielos”. No debemos orar a santos ni a ángeles, sino al Padre eterno, el Padre de los espíritus, el Señor de Cielo y Tierra. Le llamamos “Padre” en su sentido más simple, como nuestro Creador; como S. Pablo les dijo a los atenienses: “en él vivimos, y nos movemos, y somos; […] linaje suyo somos” (Hechos 17:28). Le llamamos “Padre” en su sentido más elevado, como Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos reconcilia consigo por medio de la muerte de su Hijo (Colosenses 1:20–22). Nosotros profesamos aquello que los santos del Antiguo Testamento solo vieron borrosamente y de lejos; profesamos ser hijos suyos por la fe en Cristo, y tener “el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15). Esta, no lo olvidemos nunca, es la filiación que debemos desear, para ser salvos. Sin fe en la sangre de Cristo, y sin unión con Él, de nada servirá hablar de nuestra confianza en la “paternidad” de Dios.

La segunda frase es una petición respecto al nombre de Dios: “Santificado sea tu nombre”. Al hablar del “nombre” de Dios nos referimos a todos aquellos atributos bajo los cuales Él se ha revelado a nosotros: su poder, sabiduría, santidad, justicia, misericordia y verdad. Al pedir que sean “santificados” nos referimos a que se den a conocer y sean glorificados. La gloria de Dios es lo primero que deben desear los hijos de Dios. Es el objetivo de una de las oraciones de nuestro Señor mismo: “Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:28). Es el propósito con que fue creado el mundo; es el fin con que se llama y se convierte a los santos; es lo que debiera ser nuestra meta primordial: “Que en todo sea Dios glorificado” (1 Pedro 4:11).

La tercera frase es una petición acerca del Reino de Dios: “Venga tu reino”. Al hablar de su “reino” nos referimos, en primer lugar, al Reino de gracia que Dios crea y sostiene en los corazones de todos los miembros vivos de Cristo, por medio de su Espíritu y su Palabra. Pero también, y principalmente, nos referimos al Reino de gloria que será instituido un día, cuando Jesús venga por segunda vez, y cuando
“todos le conocerán, desde el menor hasta el mayor” (cf. Hebreos 8:11). Ese será el momento en que el pecado, y el dolor y Satanás serán expulsados del mundo. Es el momento en que se convertirán los judíos y entrará la plenitud de los gentiles (cf. Romanos 11:25), un momento que se debe desear antes que ninguna otra cosa. Es por eso por lo que ocupa un lugar prominente en el Padre nuestro. Estamos
pidiendo lo mismo que se expresa en las palabras de las Exequias: “que agrade a Dios apresurar la venida de su Reino”.

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