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Por: John MacArthur

Este artículo forma parte de la serie «Jesús: preguntas y respuestas»

Yahvé habló a Israel en el siglo XV a. C., prometiendo que levantaría a un profeta en medio de ellos en cuya boca pondría sus palabras. Este profeta hablaría fielmente en nombre de Yahvé, y todos aquellos que se negaran a escuchar esas palabras tendrán que aceptar las consecuencias (Dt. 18:15-19).

Los estudiosos cristianos conservadores, en general, identifican al profeta de Deuteronomio 18 con Jesús. La respuesta de las masas (que le escuchaban con placer, Mr. 12:37) fue que creían que Jesús era un profeta (Mt. 21:11; Lc. 7:16; Jn. 4:19). Parece que algunos identificaron a Jesús con el profeta único prometido en el Antiguo Testamento (Jn. 6:14; 7:40).

Esto queda confirmado aun más por las palabras del apóstol Pedro, que identifica a Jesús concretamente con Deuteronomio 18 cuando escribe: “y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo” (Hch. 3:20-23).

No solo el pueblo y los apóstoles reconocen a Jesús como el Mesías, sino que sus palabras y sus obras demuestran que lo es. El modo en que transmitió la Palabra de Dios, como lo habían hecho los profetas de antaño, le vincula con ellos. Predijo el futuro al anunciar la destrucción venidera de la ciudad de Jerusalén (Mt. 24:1-2) y del templo, algo que los judíos no creyeron hasta que llegó el fin en el año 70 d. C.

En los tiempos de la llegada de los babilonios (Jer. 7), muchos de los líderes judíos creían que la ciudad y la casa de Dios debían permanecer para siempre; en los tiempos de Jesús, la gente pensaba lo mismo. Los líderes judíos que se rebelaron contra los romanos confiaban en que el templo les rescataría de los romanos a pesar de haber abandonado al verdadero Dios y matado a su Hijo (Mt. 21:32-35, 37-43). Jesús también actuó como profeta al denunciar los pecados de los líderes y del pueblo y al llamarles al arrepentimiento, como hizo Jeremías, en el recinto mismo del templo (Mt. 21:12-13; Mr.11:15-18). Mediante una reprensión abrumadora de los líderes judíos, y con el fervor de los profetas del Antiguo Testamento, les llamó a arrepentirse, a corregir sus caminos y a volverse a Dios si querían librarse
del juicio de Dios (Mt. 23). Como los profetas hebreos que le precedieron, también Él hizo milagros a la vista del pueblo, pero en un número y con un poder muy superiores a los de cualquier otro profeta. Sanó a los cojos y a los ciegos, a los paralíticos y a los leprosos, y resucitó a los muertos como nunca nadie había podido hacerlo, después de haber pasado varios días en la tumba. Esto es así porque era mucho más que un profeta. Era Dios encarnado, la resurrección y la vida (Jn. 11:25-27).

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Tomado del libro «Jesús: preguntas y respuestas» de John MacArthur.


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