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Por: J.C. Ryle.

El Señor Jesús nos dice que los verdaderos cristianos han de ser como “sal” en el mundo. “Vosotros sois la sal de la tierra”. Ahora  bien, la sal tiene un sabor muy particular, distinto de absolutamente todo. Cuando se mezcla con otras sustancias, la sal las preserva de
corromperse; da parte de su sabor a todo aquello con lo que se junta. Es útil mientras conserva su sabor, pero nada más. ¿Somos auténticos cristianos? ¡Entonces reconozcamos aquí nuestro oficio y nuestros deberes!

El Señor Jesús nos dice que los verdaderos cristianos han de ser como “luz” en el mundo. “Vosotros sois la luz del mundo”. Ahora bien, lo que caracteriza a la luz es ser completamente distinta de la oscuridad. La más pequeña chispa se ve claramente en una habitación oscura. De todas las cosas creadas, la luz es la más útil: da vida; sirve de guía; da alegría. Fue lo primero que se creó (Génesis 1:3). Sin ella, el mundo sería un vacío lúgubre. ¿Somos auténticos cristianos?¡Entonces advirtamos de nuevo nuestra posición y su responsabilidad!

Sin duda, si las palabras tienen el más mínimo significado, lo que se pretende que aprendamos de estas dos comparaciones es que tiene que haber algo que destaque, algo distinto y peculiar en nuestro carácter, si somos verdaderos cristianos. No se puede aceptar que  pasemos nuestras vidas ociosamente, pensando y actuando como los demás, si afirmamos pertenecer a Cristo, como pueblo suyo. ¿Tenemos la gracia? Entonces se debe poder ver. ¿Tenemos el Espíritu? Entonces tiene que haber fruto. ¿Tenemos una religión salvadora? Entonces debe haber una diferencia entre nuestras costumbres, gustos y actitudes y las de quienes solamente piensan en el mundo.

Está perfectamente claro que el cristianismo auténtico es algo más que bautizarse e ir a la iglesia. “Sal” y “luz” son términos que evidentemente implican una peculiaridad tanto de corazón como de vida, y tanto de fe como de práctica. Tenemos que atrevernos a ser singulares, y distintos del mundo, si pretendemos ser salvos.

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