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Por: Andrew Murray

Este artículo forma parte de la serie «Santidad» escrita por Andrew Murray

La presencia de Dios santifica, aun cuando ella descienda solo por un corto período de tiempo, como ocurrió en Horeb en la zarza ardiendo. ¡Cuánto más santificará esta presencia bendita el lugar donde habita, donde fija su residencia permanente! Esto es tan cierto que el lugar en donde la presencia de Dios habita llegó a ser conocido como el lugar santo. Todo alrededor del lugar donde Dios habitaba era santo: la santa ciudad, el monte de la santidad de Dios, su casa santa, hasta que traspasamos el velo al lugar santísimo, el santo de los santos. El Dios que habita es el que santifica su casa, el que nos hace santos también.

Porque Dios es santo, la casa en la cual habita es santa. Este es el único atributo de Dios que Él puede comunicar a su casa. Es el único que puede comunicar y la comunica en efecto. La santidad expresa no tanto un atributo como el mismo de ser de Dios en su infinita perfección, y su casa testifica que Él es santo, que el lugar donde el habita debe tener santidad, que su presencia lo santifica. En su primer mandamiento a su pueblo, cuando les piden que le edifiquen un lugar santo, claramente les dijo que habitara en medio de ellos; ese fue el presagio de su habitación permanente en medio de ellos. La casa con su santidad nos lleva a la santidad de su presencia en medio del pueblo de sus redimidos.

El lugar santo, el santuario de la santidad de Dios fue el centro de toda la obra divina para santificar a Israel. Todo lo que estaba relacionado con él –el altar, los sacerdotes, los sacrificios, el aceite, el pan, los utensilios- era santo porque pertenecía a Dios. Desde la casa el Señor habló a Israel un mensaje de doble contenido: el llamado a ser santos, y su promesa de que Él mismo los santificaría. La demanda de Dios se hizo manifiesta mediante su exigencia de limpieza, de expiación y de santidad en todos los que se acercaran a Él, ya fuera como sacerdotes o adoradores. Y la promesa divina brilló en la casa del Señor en la provisión para la santificación, en el poder santificador del sistema sacrificial.

El Señor es el santificador en su condición de Dios que habitaba en medio de su pueblo. Su sola presencia nos santifica. La santidad se mide por la cercanía a Dios, y como no hay nadie santo, sino solo el Señor, la santidad se encuentra solo en Él.

Padre de nuestro Señor Jesús, te pido nada menos que la presencia de mi Señor Jesús morando en mi corazón por la fe. Anhelo esa consciente, bendita y permanente presencia de su Espíritu Santo. Amén.

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