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Por: Charles Spurgeon.

Marcos 10:13-14: 13 Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. 14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.

Cuando nuestro Señor bendijo a los niños, estaba haciendo su último viaje hacia Jerusalén. Así pues, fue una bendición de despedida la que dio a los pequeños. Esto también nos recuerda que, entre sus palabras a los discípulos antes de partir, antes de ascender, encontramos el encargo «Apacienta mis corderos». El deseo era fuerte sobre el gran Pastor de Israel sobre aquel que «en su brazo lleva los corderos, y en su seno los llevará» (Isaías 40:11), y era adecuado que, mientras estaba realizando su viaje de despedida, derramara su bendición llena de gracia sobre los niños.

Amados, nuestro Señor Jesucristo no está en persona entre nosotros; pero sabemos dónde está, y ahora está revestido con todo poder en el cielo y en la tierra para bendecir a su pueblo. Acerquémonos a Él en este día. Busquemos su toque en comunión y pidamos la ayuda de su intercesión; incluyamos a otros en nuestras oraciones y, entre esos otros, demos a nuestros niños y, de hecho, a todos los niños, un lugar preferente. Sabemos más acerca de Jesús de lo que sabían las mujeres de palestina. Por tanto, estemos todavía más dispuestos que ellas a llevarle nuestros niños para que los bendiga y sean aceptados por Él como lo somos nosotros.

Jesús está esperando para bendecir. No ha cambiado en su carácter, ni ha empobrecido su gracia. Tal y como todavía recibe a los pecadores, también sigue bendiciendo a los niños; que ninguno de nosotros quede contento, ya seamos profesores o padres, hasta que haya recibido a nuestros niños y los haya bendecido de tal forma que estemos seguros de que han entrado en el reino de Dios.

Foto de Portada Vitolda Klein en Unsplash


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