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Por: Miguel Núñez.

Este artículo forma parte de fragmentos del libro «Hasta que ruja el León«

Cultive la humildad.

Quizás no hay mejor defensa contra un ataque espiritual que la humildad de un siervo de Dios. Dios da gracia al humilde (Stg 4:6); habita con el humilde de espíritu (Is 57:15); enseña a los humildes (Sal 25:12); mira de manera especial al humilde (Sal 66:2) y atiende al humilde (Sal 138:6). El humilde  está consciente de los peligros espirituales de vivir en un mundo caído y del pecado en su mundo interior. La persona humilde reconoce que no merece ningún reconocimiento, posición o influencia que le brinde su posición.

Reconoce que el pecado en nosotros requiere de personas a nuestro alrededor que puedan darnos la mano y levantarnos antes de caer.

Nosotros somos un riesgo para nuestro ministerio si caminamos solos o alejados de Dios o ambas cosas. Jesús advirtió sobre esto a los apóstoles en el aposento alto, apenas horas antes de morir: “… separados de mí nada pueden hacer» (Jn 15:5b). Innumerables batallas espirituales, pequeñas y grandes, han sido perdidas debido a la autosuficiencia de los líderes del pueblo de Dios. La persona humilde reconoce que está bajo sumisión a su Señor y disfruta estarlo porque eso trae paz a su alma. Él está consciente de sus debilidades y, por consiguiente, reconoce que todo cuanto él hace no es más que el resultado de la gracia de Dios operando en él. Nadie lo expresó mejor que el apóstol Pablo, el más grande líder del Nuevo Testamento, después de nuestro Señor Jesucristo: “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá 2:20).

La humildad no simplemente desea servir, sino que también, de manera muy especial, ama a aquellos a quienes sirve. Delante de la caída va la arrogancia de espíritu, dice Proverbios 16:18. Dios no desea la caída del orgulloso, pero lamentablemente, a menudo tiene que permitirla, ya que todo otro intento por cultivar la humildad en esa persona ha resultado en vano. La humildad necesita ser cultivada o de lo contrario, el orgullo nos derrumbará:

Cuando un corazón orgulloso experimenta las bendiciones de Dios, cree que se las merece.

Cuando un corazón orgulloso experimenta la gloria de Dios, cree que es él quien la ha producido.

Cuando un corazón orgulloso experimenta el poder de Dios, hace alarde de ese poder, lo usa y luego lo abusa.

Cuando un corazón orgulloso experimenta los privilegios de Dios, llega a creer que dichos privilegios son derechos.

Cuando un corazón orgulloso recibe un don, llega a creer que ese don es una destreza que él ha desarrollado.

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Fragmentos tomados del libro “Hasta que ruja el León” del pastor Miguel Núñez. Foto de Portada Paul Alnet en Unsplash


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