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Por: A. W. Tozer

Fue John Milton el que dijo que la esperanza eterna brota en el pecho del ser humano. Ciertamente, la esperanza es algo tan vital que, si muriese del corazón de la humanidad, la carga de la vida no podría sustentarse.

Pero aún con todo lo preciosa que es la esperanza, es peligrosa si está mal fundada. Por ejemplo, la esperanza que casi todo el mundo siente de tener una vida larga sobre la tierra puede ser una trampa mortal para muchos, un engaño fatal. La persona promedio, cuando piensa en su futuro, apaga la razón y cae en una esperanza irracional que se crea para sí mismo, esperando innumerables y pacíficos días por venir. Este ciego optimismo funciona bien hasta el último día, ese último día inevitable que viene para todos. Entonces la esperanza traiciona a su víctima hasta la tumba, de donde no hay escapatoria.

Los peligros de una esperanza sin fundamento también amenazan al cristiano. Santiago reprendió duramente a los creyentes de su día por asumir de forma presuntuosa un futuro terrenal del cuál no tenían seguridad.

Solo si es la voluntad de Dios daremos bienvenida a un mañana. Pero, si nos lo da, ¿cómo lo emplearemos? Tantos mañanas del pasado se malgastaron. ¿Y qué sucede con el día de hoy?

Foto de Portada Todd Diemer en Unsplash


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