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Por: Paul Washer.

Sin duda alguna, la más grande prueba de la ira de Dios contra la injusticia del hombre es la muerte física: la separación entre el alma y el cuerpo. Empezando con Adán y continuando hasta hoy, todos los hombres se enfrentan a la terrible e innegable realidad de que morirán.

Sin importar la grandeza, el poder o la posición social del ser humano, la muerte es el destino inevitable que le espera a todos los hombres. Las Escrituras nos enseñan que esta aterradora realidad es la consecuencia directa del pecado. Es importante notar que la muerte del hombre no es su aniquilación. Una vez muerto, el hombre no deja de ser; más bien, continúa existiendo, ya sea en comunión eterna con Dios en el cielo o en separación eterna de Él en el infierno.

De nuevo, es necesario que uno encuentre en la muerte tanto el juicio divino como su  misericordia. La muerte es el «gran recordatorio de Dios» al hombre de su mortalidad y su gran necesidad de redención. Cada obituario, cada procesión funeraria, cada tumba clama al hombre pidiendo que se vuelva de sus preocupaciones mundanas hacia las preocupaciones eternas, que se prepare para el día cuando venga el cosechador, y que se aliste para conocer a su Dios.

Aunque la muerte es una realidad innegable que confronta implacablemente a la humanidad, su naturaleza exacta sigue siendo un misterio para los creyentes. No podemos depender ni siquiera de las historias más sinceras de aquellos que supuestamente han «ido al más allá» y regresado para contar a los demás de su experiencia. Si queremos tener una «explicación segura» de un misterio tan grande, debemos volvernos a las Escrituras.

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La Biblia habla frecuentemente acerca de la muerte, con muchas advertencias y exhortaciones; sin embargo, ofrece pocas respuestas con respecto a su naturaleza exacta. Lo que puede ser conocido con certeza debe ser tomado de las pocas referencias  directas que se encuentran en las Escrituras. Estos textos nos enseñan dos grandes verdades. Primero, la muerte no es el final de la existencia humana consciente. Segundo, al morir, el cuerpo del hombre regresa a la tierra (hasta la resurrección), y su espíritu regresa a Dios.

Para profundizar: Santiago 2:26, Gén. 49:33 , Job 34:20, 2 Tim. 4:6; 2 Ped. 1:15 ,Eclesiastés 12:7 y Salmo 146:4

Foto de Portada Sacre Bleu en Unsplash

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