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Por: A. W. Tozer

Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre. SALMOS 86:12

Una de las cosas que nos cuesta entender es que a Dios no le afectan las propiedades de la materia. Ni el peso, ni el tamaño, ni el espacio le afectan. Esas son cosas que nos afectan a nosotros en mayor o menor grado; por lo tanto, es un error nuestro suponer que lo que nos afecta a nosotros también tiene que afectar a Dios. Tenemos la natural tendencia a tratar de bajar a Dios a nuestro nivel.

Cuanto más conocemos a Dios y entendemos su naturaleza, más empezamos a maravillarnos ante su inmensidad. Él es más grande que cualquier cosa que pudiéramos llegar a comprender. El cristiano a quien se le ha enseñado bien sabrá que el Dios al que adora no se ve afectado por ninguna de las cosas que nos afectan a los humanos.

Es bueno saber eso. Si influyeran en Dios las mismas cosas que influyen en mí, ¿cómo podría adorarle? ¿Cómo podría confiar en Él si le afectaran las mismas cosas que me afectan? Al meditar con pesar en mi mortalidad, puedo mirar al cielo con un gozo asombroso, a aquel que es inmortal, invisible, el único Dios, consciente de que me ha invitado a ser partícipe de su naturaleza.

¡Oh, cómo amo a Jesús!

Al Dios invisible, al Rey inmortal,

Que habita en la altura y en la santidad;

Anciano de días, Señor sin igual,

Rendimos honores con sinceridad.

WALTER C. SMITH (1824-1908)

Adorado Padre celestial, te amo con un sentimiento profundamente arraigado en el corazón de tu amado Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Cuanto más te amo, más reposo en paz conmigo mismo. Amén.

Foto de Tonmoy Iftekhar en Unsplash


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