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Por: A. W. Tozer.

Este artículo forma parte de la serie «Mi búsqueda diaria«

Casi todo cristiano quiere ser espiritual, pero pocos saben lo que significa esta experiencia. Podríamos ahorrarnos tanto consuelo infundado, y a cambio recibir el verdadero aliento, si pudiéramos cambiar de actitud.

Nos resulta difícil despojarnos de la noción de que una persona es tan espiritual como se siente. Nuestra espiritualidad básica rara vez coincide con nuestros sentimientos. Hay muchas personas carnales cuyas emociones religiosas son sensibles a cualquier impresión y logran mantenerse en un plano bastante elevado de goce interior, sin demostrar señal alguna de piedad. Tienen un punto de ebullición bajo, y pueden calentarse con casi cualquier suceso religioso en un instante. Sus lágrimas están a flor de piel y sus voces cargadas de contenido emocional. Los tales tienen reputación de ser espirituales, y con facilidad ellos mismos lo creen. Pero no necesariamente es así.

Las personas espirituales son indiferentes a sus sentimientos. Viven por la fe en Dios, sin importarles mucho sus propias emociones. Ellos piensan los pensamientos de Dios y ven las cosas como Dios las ve. Se gozan en Cristo y no tienen confianza en sí mismos. Les importa más la obediencia que la felicidad. Tal vez esto sea menos romántico, pero pasará la prueba de fuego.

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