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Por: A. W. Tozer

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. SALMOS 42:1

Mi objetivo cada día es adorar a Dios más que nada. Es una adoración que debo derramar a los pies de Dios. Lo mismo sentía David cuando huía del rey Saúl. Mientras estaba escondido en una cueva, en alguna parte, David echó de menos su hogar y dijo algo que un grupo de sus soldados oyó: «Oh, quisiera poder beber un poco de agua del viejo pozo de Belén». Algunos de los que oyeron sus palabras se dirigieron hacia ese pozo y, arriesgando sus vidas, sacaron agua de él. Se la llevaron a David. Y estoy seguro de que no esperaban lo que sucedió luego.

David miró el agua, vio a los que se la habían llevado y al fin dijo: «No puedo beber el agua que me han traído, puesto que les costó su vida». Luego, en un acto de reverencia, tal como solo David podía hacerlo, derramó el agua ante el Señor su Dios.

Al igual que David, admiramos a Dios; lo amamos por su excelencia y deseamos derramarnos a sus pies en un amor que adora, que asombra y que actúa.

Canta, canta, alma mía,

A tu Rey y tu Señor,

Al que amante te dio vida

Te cuidó y te perdonó.

Canta, canta, alma mía,

Canta al poderoso Dios.

HENRY F. LYTE (1793-1847)

Amado Dios, vivo a tus pies en reverencia a ti. Acepta mi vida, que derramo delante de ti. Lo único que necesito eres tú. Eres lo único que quiero. Oro en el nombre de Jesús. Amén.

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