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Por: Andrew Murray*

Este artículo forma parte de la serie «Santidad» escrita por Andrew Murray

Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: “sean Santos porque yo soy santo.” 1 PEDRO 1: 15 – 16

El llamado de Dios es la manifestación en el tiempo del propósito de la eternidad: “A los que predestino, también los llamó” (Romanos 8:30). Los creyentes son llamados “de acuerdo con su propósito” (Romanos 8:28). En su llamado Él nos revela cuáles son sus pensamientos y su voluntad para nosotros, y la vida que nos invita a vivir. Nos hace ver con claridad cuál es la esperanza a la cual somos llamados, y a medida que comprendemos y entramos en ella, nuestra vida en la tierra se convierte en un reflejo de su propósito eterno.

La Sagrada Escritura utiliza más de un término para indicar el objetivo o la meta de nuestro llamamiento, pero ningún otro se usa con mayor frecuencia que el que el apóstol Pedro menciona aquí: Dios nos ha llamado a ser santos, así como Él es santo (Romanos 1:7;1 Corintios 1:2;1 Tesalonicenses 4:7).

Cuando nos llama, el Padre descubre el propósito que desde la eternidad tenía en su corazón: que seamos santos. Este llamamiento de Dios nos muestra el verdadero motivo para la santidad. “sed santos porque yo soy santo.” Es como si Dios dijera: “la santidad es mi bendición y mi gloria, sin ella ustedes no pueden verme disfrutar de mí, teniendo en cuenta la naturaleza de las cosas, no hay nada superior que pueda concebirse. Te invito a compartir conmigo a través de ella, te invito a ser como yo. ¿No te conmueve la idea, la esperanza de ser participante conmigo de mi santidad? No tengo nada mejor que ofrecerte, yo mismo me ofrezco a ti.” ¿No clamaremos al Señor que nos muestre la gloria de santidad, y que nos ayude a estar dispuestos a entregarlo todo en respuesta a su maravilloso llamado?

Cuando escuchamos su llamamiento también nos muestra la naturaleza de la verdadera santidad. “ser santo” es ser como Dios es, es tener una disposición, una voluntad, un carácter como el de Dios. La sola idea parece incluso blasfemia hasta que escuchamos con atención la siguiente declaración: “Dios nos escogió en Él desde antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha” (Efesios 1:4). En Cristo, la santidad de Dios apareció en un ser humano. En su ejemplo, en su mente y su Espíritu tenemos la santidad del Dios invisible, expresada en la vida y la conducta humana. Ser como Cristo es ser como Dios; y ser como Cristo es ser Santo como Dios es Santo.

Padre. Tú me has llamado a la santidad, pero ¿cómo puedo ser santo como Tú? Espíritu Santo, muéstrame lo que es la santidad. Tu santidad primero y luego la mía. Muéstrame la indecible bendición y gloria de ser partícipe de Cristo y su santidad. Amén.

*Andrew Murray. Fue un notable predicador y escritor sudafricano, autor de más de 250 libros, uno de los grandes maestros dados por Dios a la Iglesia.


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