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Brenda R. Hockenhull

Lugar seguro al que huía una persona que había matado accidentalmente a otra. La ciudad le proporcionaba asilo al fugitivo resguardándolo y protegiéndolo hasta que se pudiera llevar a cabo un juicio a fin de determinar su culpabilidad o su inocencia. Si a juicio de los ancianos de la ciudad, la muerte había ocurrido accidentalmente y sin intención, al hombre se le permitía permanecer allí sin temor a que le hicieran daño ni a recibir venganza de parte de los familiares del occiso (Jos. 20:2-6).

Cuatro pasajes importantes del AT describen el derecho de asilo y la protección que proveía una ciudad de refugio (Ex. 21:12-14; Núm. 35:6-34; Deut. 19:1-13; Jos. 20:1-9). Una traducción literal de la frase hebrea es una “ciudad de admisión”. Este derecho de asilo se ofreció antes del establecimiento en la Tierra Prometida pero solo estaba a disposición de los acusados de homicidio sin premeditación. Éxodo 21:12 registra que “el que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá”. No obstante, el pasaje continúa prometiendo que al “que no pretendía herirlo” se le designaría un lugar a donde pudiera huir (v.13). Antes del establecimiento de estas ciudades, se podía obtener seguridad temporaria huyendo a un santuario y asiéndose de los cuernos del altar. En 1 Reyes 1:50 y 2:28 se registran dos ejemplos de hombres que buscaron seguridad aferrándose al altar en Jerusalén. No obstante, ni Adonías ni Joab eran inocentes y posteriormente fueron ejecutados.

A Moisés se le ordenó establecer seis ciudades de refugio de un total de 48 ciudades que se les habían asignado a los levitas (Núm. 35:6,7). Se encontraban tres a cada lado del Jordán. En el este se hallaban Bezer dentro del territorio de los rubenitas, Ramot en Galaad y Golán en la región de Basán (Deut. 4:43). Al oeste del Jordán estaban Cedes en Galilea, Siquem en Efraín y Quiriat-arba o Hebrón en el Monte de Judá (Jos. 20:7,8). El asilo no estaba limitado al pueblo de Israel sino que se extendía a los extranjeros y los peregrinos que habitaban en medio de ellos (Núm. 35:15).

El AT revela la importancia y el carácter sagrado de la vida humana mediante las leyes sobre quitar la vida. Las ciudades de refugio estaban distribuidas a lo largo de Israel a ambos lados del Jordán para que la persona responsable de un homicidio accidental pudiese acceder fácilmente a ellas. Necesitaba hallar asilo inmediatamente porque un miembro de la familia del hombre muerto podía perseguirlo. El vengador de sangre procuraba matar al asesino de su pariente a causa del daño efectuado a la familia. En los primeros tiempos de la historia de Israel, antes de que aparecieran las ciudades de refugio, esta acción podía traer como resultado una riña de sangre que solo concluía con la extinción de una familia. El establecimiento de las ciudades de refugio tenía un propósito humanitario al transformar un caso de homicidio, que dejaba de ser un pleito privado entre dos familias y pasaba a ser una cuestión judicial resuelta por un grupo de ancianos.

Números 35 enumera varios requisitos antes de procurar protección en una ciudad de refugio. El requisito primario era que la muerte tenía que haber sucedido en forma accidental sin premeditación ni intención. En Núm. 35:16-18,20-23 se presentan casos a fin de proporcionar ejemplos de los incidentes que impedían o permitían que un asesino buscara refugio en dicho lugar.

Un segundo requisito para el asilo en una ciudad de refugio era que el asesino, una vez que era admitido en la ciudad, no podía irse hasta el momento de la muerte del sumo sacerdote (Núm. 35:25; Jos. 20:6). Si decidía partir de la ciudad antes de ese tiempo, el vengador de sangre lo podía matar (Núm. 35:26-28). En contraste con el refugio temporal que ofrecía el aferrarse a los cuernos de un altar, la ciudad de refugio proporcionaba un lugar de asilo permanente para el homicida. En sentido punitivo, la ciudad también servía como lugar de detención. El homicida no carecía de culpabilidad. No podía irse porque el vengador de sangre había declarado su pena de muerte, ni podía comprar su salida ofreciéndoles un rescate a los parientes del occiso. Un ejemplo similar a este castigo se puede observar cuando Salomón confinó a Simei a permanecer en Jerusalén bajo amenaza de muerte en caso de que abandonara la ciudad (1 Rey. 2:36-46).

La acción de quitar una vida imponía una culpa que no se podía pagar con ningún otro medio que no fuera la muerte. Cuando moría el sumo sacerdote, aun como resultado de causas naturales, esto servía para pagar el precio de la pena requerida. Un hombre moría en lugar de otro. Una de las funciones del sumo sacerdote durante su vida era llevar los pecados del pueblo (Ex. 28:38). Conforme a este reglamento, todas las ciudades de refugio eran ciudades levíticas otorgadas a dicha tribu durante la división de la Tierra Prometida entre los israelitas. Es probable que estos lugares tuvieran santuarios locales donde el sacerdote prestaba servicios. Después de la muerte del sumo sacerdote, el culpable del homicidio podía dejar la ciudad y regresar a su casa sin temor del vengador de sangre.


Artículo extraído del Diccionario Bíblico Ilustrado Holman.

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