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Por: A. W. Tozer.

1 Pedro 2:24: quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.

Surgen dos preguntas sobre el problema. ¿Qué he de hacer con mi pecado? ¿Y qué debo hacer con Jesús, el llamado Cristo? A pesar de todos los esfuerzos del mundo pseudo instruido por encargarse de la pregunta del pecado, sigue siendo un motivo de dolor perpetuo para los hijos e hijas de Adán y Eva. Es uno de esos dolores persistentes que yace en lo profundo del alma y que nunca deja de doler. Es algo que no se va.

El diablo y los ocupados hijos de los hombres han buscado a lo largo de los siglos algo que haga desaparecer este problema. Han inventado muchos miles de diversiones, han creado innumerables placeres para apartar la mente de este lamento central; pero nada funciona. El pecado sigue siendo el problema principal del mundo.

La segunda pregunta, ¿qué debo hacer con Jesús? es la respuesta a la primera, porque Jesús vino a salvar a los hombres de sus pecados. Demos respuesta a la segunda pregunta correctamente y la primera se resolverá de forma automática. Si simplemente acudimos a Jesús con nuestro pecado sobre nosotros, sin ninguna otra esperanza excepto Su misericordia, ciertamente seremos libres de esta antigua maldición. Pero recuerda, el pecado exige una respuesta. No se marchará sin más, sino que debe ser alejado por la sangre redentora, la sangre redentora nunca fue derramada por ningún otro cordero excepto el Cordero de Dios.

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