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Por: Richard Sibbes*

Josué 7:19-21: 19 Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras. 20 Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho. 21 Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.

Entre las muchas formas en que podemos consolar nuestros corazones, para empezar, debe haber un obligado examen del corazón, del origen de la turbación, ya que a veces los cristianos sienten angustia sin saber de dónde viene, como si fueran niños que se quejan sin saber bien por qué. No estoy hablando de los hipócritas que se quejan de penas que no son reales para ellos, sino de algunos pobres cristianos que están angustiados sin conocer de forma precisa el motivo.

Si se escrudriña bien el corazón y se llega verdaderamente hasta el fondo del asunto, podrá verse si hay algún Acán en el campamento, si hay algún pecado que ha pasado inadvertido en el corazón, ya que el pecado es como el viento cuando entra en las venas, ha de salir, y la salida es siempre dolorosa. Del mismo modo sucede con el pecado cuando entra en el alma. De cierto es lo que causa todos los problemas. Por eso, escudriña tu corazón concienzudamente. Mira qué pecado puede haber del que no te hayas arrepentido, o por cuál no te has humillado.

En segundo lugar, cuando encuentres tu pecado, suéltalo confesándolo a Dios y, en algunos casos, a otros. Y cuando hayas hecho eso, considera qué promesas y consuelos puedes encontrar en la palabra de Dios que se ajusten a tu condición. No hay ninguna condición para la que no haya un consuelo, y las promesas están preparadas para dar alivio en cualquier tipo de mal. La sabiduría del cristiano es acomodar el remedio a la herida de su corazón.

Por tanto, hemos de tener pericia en la palabra de Dios y estudiarla para almacenar consuelo de antemano. Nuestro Salvador Cristo les habló a sus discípulos de antemano del escándalo de la cruz y la negación de Pedro, de forma que pudieran reunir fuerza y armadura espiritual para el día de la prueba. Estos consuelos, en su mayor parte, no estarán disponibles en el día de la adversidad si no se han buscado en el momento de la prosperidad. No es sabio buscar aprender de la fe cuando debemos utilizarla. Seamos, por tanto, buenos administradores para nuestras almas y almacenemos de la palabra de Dios, y luego solo tendremos que recordar los consuelos que ya conocemos de antemano.

Extraído del libro «No se turbe vuestro corazón«.

*Richard Sibbes (Tostock, Suffolk, 1577-1635) fue un teólogo anglicano. Es conocido como exégeta bíblico

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