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Por: A. W. Tozer.

Colosenses 3:2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.

Un optimismo mal fundado puede ser extremadamente dañino bajo ciertas condiciones. Un cristiano no está obligado a ser pesimista u optimista, o a ser alegre, triste, positivo o negativo según una regla de filosofía preconcebida. Debería reflejar la voluntad de Dios en cualquier situación, y lo hará, si es enseñado por el Espíritu. Su preocupación es la voluntad de Dios. Su pregunta en cualquier circunstancia es: «¿Qué piensa Dios de esto?». Para el cristiano no importa nada más. El aprobará o desaprobará como la palabra escrita y el Espíritu que habita en su interior le indiquen. Las tendencias religiosas, las modas pasajeras y las nociones populares no les afectarán en absoluto. Su corazón está fijo, confiado en el Señor.

Lo más natural es que esta actitud rígida, en un mundo como el nuestro, vaya en contra de aquel que la sostiene y se gane la reputación de ser un pesimista. A la gente le gusta la persona que está de acuerdo con ellos, incluso si un día después cambian de opinión y quieren que la otra persona cambie también. Se ríen de esta inconsistencia, considerándola una amable debilidad. Y piensan que, ¿para qué van a ser tan piadosos de todas formas?

Los hijos e hijas de la eternidad se preocupan poco acerca de este baile del favor popular. Como el ave acuática que está en la orilla de un lago cuando se acerca el invierno, sienten dentro de ellos un fuerte instinto por emigrar. Esperan tener que partir antes de que pase mucho tiempo, y no volverán pronto. Así que si dejan detrás una reputación de pesimismo u optimismo es algo de poca importancia. Sin embargo, están muy dispuestos a ser recordados como hijos de Dios y seguidores del Cordero. Eso es todo lo que les importa.

(The Size of the Soul)

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