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Por: A. W. Tozer

Juan 1:14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

Si en la infinita condescendencia de Dios la humanidad fue hecha con una naturaleza semejante a la de su Creador, ¿No es razonable que Dios también se vistiera de naturaleza humana en el misterio de la encarnación? ¿Y no era posible hacerlo en un marco de fácil posibilidad, sin vergüenza, por unir cosas que eran tan poco semejantes?

Cuando la ancestral Palabra se levantó en carne humana, se sintió en casa. No estaba fuera de Su elemento, porque ¿Acaso no había escuchado al Padre decir «Hagamos al hombre conforme a nuestra semejanza«? No hubo magulladuras ni malformaciones por forzarse la unión de naturalezas dispares.

Nuestra humilde opinión es que el elemento de «exilio» en la experiencia terrenal de nuestro Señor se ha exagerado mucho. El decir que estaba triste y solo y lejos de su hogar, que era un extraño en una tierra extraña, es una idea que surge alrededor de un hecho hermoso y simple, pero no forma necesariamente parte del mismo.

Hasta donde podemos recordar, no hay nada escrito que nos dé la impresión de que Su presencia en carne humana fuera antinatural o dolorosa. Se llamaba alegremente a sí mismo «el Hijo del hombre«, no un exiliado entre los hombres. Todo esto no tiene la intención de eliminar el misterio que rodea la encarnación, ni menoscabar el asombro con el que contemplamos la maravilla de la Palabra haciéndose carne para habitar entre nosotros. Es más bien para aclarar las ideas no autorizadas y dar a la belleza de la encarnación una oportunidad de provocar su propia impresión sobre nosotros. Esa impresión será lo suficientemente profunda sin añadirle nada.

Padre, veo en Cristo viviendo entre la gente lo que Tú deseas para mi vida por medio de tu Espíritu. Él produce el efecto de Su control, el fruto del Espíritu. ¡Que ese sea el fruto que caracteriza mi vida!

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