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Por: J. C. Ryle

Nunca olvides que nada es tan importante como tu alma. Tu alma es eterna. Vivirá para siempre. El mundo y todo lo que éste contiene pasará —sin importar su firmeza, solidez, hermosura y orden; el mundo llegará a su fin—. “Y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2 P. 3:10). Las obras de los hombres de Estado, de escritores, pintores y arquitectos, son todas transitorias, tu alma vivirá más que todas ellas. Un día la voz del ángel proclamará que: “El tiempo no [será] más” (Ap. 10:6). Pero esto nunca se dirá de tu alma.

Te suplico que trates de comprender el hecho de que tu alma es lo único por lo que vale la pena vivir. Es la parte de ti que siempre debe tener el primer lugar. Ningún lugar ni empleo que sea dañino para tu alma es bueno para ti. Ningún amigo ni compañero que se burle de lo que concierne a tu alma se merece tu confianza. El hombre que le hace daño a tu persona, tu propiedad o tu carácter, solamente te hace un  daño pasajero. Él verdadero enemigo es aquel que busca perjudicar tu alma.

Piensa por un momento en la razón por la cual has sido enviado al mundo. No meramente para comer, beber y satisfacer los deseos de la carne; no sólo para vestir el cuerpo y seguir la carne dondequiera que esta te lleve; no sólo para trabajar, dormir, reír, hablar, disfrutar y pensar en nada más allá de lo temporal. ¡No! Tienes un propósito más alto y mejor que éste. Fuiste colocado en este mundo para que te entrenaras para la eternidad. El único propósito de tu cuerpo es el ser una morada para tu espíritu inmortal. Es oponerse abiertamente a los propósitos de Dios, el hacer como hacen muchos: Convertir el alma en la sierva del cuerpo y no el cuerpo en el siervo del alma.

Joven, Dios no hace acepción de personas (Hch. 10:34). Él no se fija en el abrigo, la cartera, el rango o la posición de ningún hombre. Él no mira lo que mira el hombre. El santo más pobre que jamás haya muerto en un asilo para pobres es más noble en su presencia que el pecador más rico que jamás haya muerto en un palacio. Dios no mira las riquezas, los títulos, el conocimiento, la belleza, ni nada por el estilo. Hay una sola cosa que Dios mira y ésta es el alma inmortal. Él mide a todos los hombres de acuerdo a un solo estándar, una medida, una prueba, un criterio, y éste es el estado de sus almas.

No olvides esto. Mantén los intereses de tu alma siempre en mente: Mañana, tarde y noche. Levántate cada día con el deseo de verla prosperar. Al acostarte cada noche, pregúntate a ti mismo si en verdad has avanzado… que tu alma inmortal esté siempre en tu mente y que cuando los hombres te pregunten por qué vives así como lo haces, que tu respuesta siga esta línea: “Yo vivo para mi alma”. Créeme, pronto vendrá el día cuando el alma será lo único en lo cual los hombres pensarán y en el cual la única pregunta importante será la siguiente: “¿Está mi alma perdida o salvada?”.

Tomado de Thoughts for Young Men (Pensamientos para hombres jóvenes), disponible en CHAPEL LIBRARY.

*J. C. Ryle (1816-1900): Obispo anglicano, que nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra

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