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Por: J. C. Ryle

Juan 1:6-9: 6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. 7 Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. 9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.

En estos versículos vemos la verdadera naturaleza del oficio de un ministro cristiano en la descripción de Juan Bautista. Vino como testigo, a dar testimonio de la luz, para que todos creyesen por Él. Los ministros cristianos no son sacerdotes ni mediadores entre Dios y los hombres. No son agentes en cuyas manos las personas puedan encomendar sus almas para que lleven su fe de forma delegada. Son testigos. Están puestos para dar testimonio de la verdad de Dios, y especialmente la gran verdad de que Cristo es el único Salvador y luz del mundo. Este era el ministerio de San Pedro en el día de Pentecostés «con otras muchas palabras testificaba» (Hechos 2:40). Este era todo el tema del ministerio de Pablo «testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hechos 20:21).

A menos que un ministro cristiano lleve un testimonio completo de Cristo, no está siendo fiel a su oficio. Mientras testifique de Cristo, ha cumplido con su parte y recibirá su recompensa, aunque los oyentes no crean su testimonio. Hasta que los oyentes no crean a ese Cristo del que oyen hablar, no recibirán el beneficio del ministerio. Puede que les guste y estén interesados, pero no les aprovechará hasta que crean. El gran objetivo del testimonio de un ministro es que crean por medio de él.

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