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Por: John MacArthur

Desde el principio, la intención de Dios fue que la humanidad creada a su imagen viviera en una libertad perfecta, tanto espiritual como físicamente. Sin embargo, la caída del hombre arruinó este ideal e introdujo ideas corruptas como la esclavitud y el sometimiento de los gobiernos totalitarios. Los gobiernos democráticos han tratado, aunque de forma imperfecta, proteger la libertad de los ciudadanos, incluso extendiendo esas libertades a los visitantes e inmigrantes extranjeros. No obstante, las libertades civiles no deberían anular nuestro deber de ser justos y nuestra obligación de dar un testimonio fiel.

En este versículo, Jesús hace una analogía entre las libertades que entregamos y la ley romana, que podía forzar a los civiles a llevar la carga de un soldado por una milla de distancia. Excepto cuando se les enfrentaba en el campo de batalla, las tropas romanas no eran tan odiadas por sus oponentes como cuando estas les obligaban a llevar la carga de los soldados u otros utensilios. Sin embargo, nuestro Señor nos enseña que deberíamos estar dispuestos a caminar una milla extra por otros. Incluso si esto es a costa de nuestra apreciada libertad. Al hacer esto, somos dignos embajadores por Cristo, sabiendo que, en Él, tenemos una libertad eterna que nunca puede ser arrebatada.

¿Quién te pide en tu vida cotidiana que camines una milla extra por él? ¿Cuál es tu respuesta habitual cuando solicitan tu tiempo y energía? ¿Cómo guardas el equilibrio entre ser sacrificial y el mantener límites que te ayuden a proteger otras prioridades piadosas?

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