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Por: John MacArthur

Los cristianos no debemos llevar a otros cristianos ante los tribunales del mundo. Cuando nos sometemos de esta forma a la autoridad del mundo, confesamos que no tenemos acciones ni actitudes rectas. Los creyentes que demandan a otros creyentes están más interesados en venganzas o ganancias que en la unidad del cuerpo y en la gloria de Cristo Jesús.

Las disputas entre cristianos deberían ser resueltas por cristianos y entre ellos. Si nosotros como cristianos, con nuestros maravillosos dones y recursos en Cristo, no podemos solucionar una disputa, ¿cómo vamos a esperar que lo hagan los incrédulos? Pablo insiste en que los cristianos son capaces de resolver siempre las disputas. ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? Si un día se van a sentar en el tribunal supremo de Dios para juzgar al mundo, ¿no están calificados para juzgar los asuntos pequeños de cada día que surgen entre ustedes ahora? Debemos notar que cosas muy pequeñas se pueden traducir también como “pequeñas demandas o litigios”.

Cuando Cristo regrese para establecer su reino milenario, los creyentes a lo largo de toda la historia serán sus corregentes y se sentarán con Él en su trono (Ap. 3:21; cp. Dn. 7:22). Parte de nuestra responsabilidad como corregentes con Cristo será la de juzgar al mundo.

Los apóstoles tendrán una autoridad especial: “os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt. 19:28). Pero cada creyente participará también de alguna manera. “A] que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre” (Ap. 2:26-27).

Si los santos ayudarán un día a regir toda la tierra, ellos son sin duda capaces de gobernarse ahora a sí mismos dentro de la iglesia. El gobierno futuro estará basado en la perfecta adhesión a la Palabra de Dios y a las actitudes piadosas apropiadas, las cuales están disponibles ahora. No habrá entonces principios de sabiduría y de justicia diferentes de los que tenernos revelados ahora en las Escrituras.

Cuando los cristianos tienen peleas y disputas terrenales entre ellos, resulta inconcebible que aquellos que van a reinar eternamente traten de solucionarlas recurriendo a tribunales dirigidos por los incrédulos, por jueces que son de menor estima en la iglesia. Si dos o más cristianos no pueden ponerse de acuerdo entre ellos, deberían pedirles a otros hermanos en Cristo que lo resuelvan por ellos y estar dispuestos a aceptar a la decisión.

El creyente menos habilitado, que busca el consejo de la Palabra y del Espíritu de Dios, es macho más competente para solucionar desacuerdos entre hermanos creyentes que el juez más instruido y
experimentado, pero que al ser incrédulo desconoce la verdad divina. Puesto que estamos en Cristo, los cristianos estamos por encima del mundo y aun de los ángeles.

Al solucionar nuestras propias disputas, darnos testimonio al mundo de los recursos con los que contamos y de nuestra unidad, armonía y humildad. Cuando recurrimos a los tribunales públicos, nuestro testimonio es todo lo opuesto.

En nuestra sociedad resulta a veces inevitable que los pleitos entre cristianos sobre derechos y propiedades terminen en un tribunal secular. Cuando, por ejemplo, un cristiano se enfrenta a una demanda de divorcio, la ley requiere que un tribunal secular intervenga. O en el caso de maltrato o descuido de menores, un padre-madre cristiano puede verse forzado a buscar la protección de un tribunal contra el abuso del cónyuge.

Aun en los casos excepcionales, cuando por alguna razón un cristiano se ve a sí mismo metido en pleitos con otro cristiano, su propósito debería ser glorificar a Dios y nunca buscar la ganancia egoísta. La regla general es: No acuda a los tribunales con los hermanos en Cristo, sino solucionen las cosas entre ustedes.

Los cristianos que demandan a sus hermanos cristianos ante los tribunales pierden espiritualmente antes de que se celebre el juicio. El simple hecho de que tengan pleitos es ya señal de una falta (hettema) moral y espiritual, tina palabra que indica haber perdido
el pleito. El creyente que demanda a otro creyente y lo lleva a los tribunales por la razón que sea siempre pierde el caso ante los ojos de Dios. Ya ha sufrido una derrota espiritual.

Es egoísta y ha desacreditado el poder, la sabiduría y la obra de Dios, cuando trata de conseguir lo que quiere mediante el juicio de los inconversos.

La actitud correcta cristiana es la de [sufrir] más bien el agravio… [sufrir] más bien el ser defraudado que demandar a un hermano cristiano. Es mucho mejor perder económicamente que perder espiritualmente. Aun cuando sea evidente que tenemos el derecho legal, no tenemos el derecho moral y espiritual de insistir en nuestros derechos legales ante los tribunales públicos. Si un hermano nos ha agraviado en alguna forma, nuestra respuesta debería ser perdonarlo y dejar el resultado del asunto en las pianos de Dios. El Señor puede dar o quitar. Él es soberano y tiene su voluntad y propósito en lo que ganamos y en lo que perdemos. Deberíamos aceptarlo con agradecimiento.

Tomado de Comentario MacArthur a la 1ra Carta a los corintios pág. 166 -168

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