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Por: David Wilkerson 

Cuando Dios le dice a la humanidad: «Cree», exige algo que está completamente más allá de la razón. La fe es totalmente ilógica. Su propia definición tiene que ver con algo irrazonable. La Escritura nos dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). En resumen, se nos dice: «No hay certeza tangible, no hay evidencia visible». A pesar de esto, se nos pide que creamos.

Me refiero a este tema por una razón importante. En este momento, en todo el mundo, multitudes de creyentes están abatidos por el desánimo. El hecho es que todos vamos a seguir enfrentándonos al desánimo en esta vida, pero creo que si entendemos la naturaleza ilógica e irrazonable de la fe, encontraremos la ayuda que necesitamos para salir adelante.

Considera la fe que se le exigió a Simeón. “Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor” (Lucas 2:25-26). El Mesías había sido prometido al pueblo de Dios desde el comienzo del Génesis; y el último registro de Dios hablando a los profetas antes del nacimiento de Jesús fue 400 años antes.

Simeón era un anciano en ese momento, y debió haber luchado con saber si había oído a Dios correctamente. Lo que Dios te pide puede parecer irrazonable. Él pide que confiemos en él cuando él nos ha dado ninguna evidencia de haber respondido a nuestra oración, cuando la situación parece perdida y estamos seguros de que todo ha terminado.

Simeón se aferró a la fe; y cuando sostuvo al niño Cristo en sus brazos, Dios le dio otro regalo: una entendimiento sobrenatural de la misión de Jesús. “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32).

El Señor nos dice: «Confía en mí». ¿Ilógico? Sí, pero durante siglos el Señor ha demostrado que siempre llega a tiempo. Dios siempre llega en el tiempo perfecto del Espíritu Santo.

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