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Por: Charles Spurgeon.

Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: «¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?» SALMOS 8:3-4

Alza tus ojos a los cielos y cuenta las estrellas. Escucha al astrónomo cuando te dice que esas pequeñas motas de luz son mundos poderosos, algunos de ellos infinitamente superiores a este mundo nuestro y que en el cielo resplandecen millones y millones de mundos así y que quizá todos estos millones que podemos ver son solo una pequeña esquina, una  pequeña duna de los mundos que Dios ha hecho, mientras que a lo largo del espacio ilimitado pudieran haber leguas de mundos, si se me permite la expresión, tan innumerables como la arena que circunda la costa de la profundidad.

Y ahora, un hombre en un mundo ¡qué pequeño! Un hombre en las miríadas de mundos, un hombre en el universo ¡qué insignificante! Y he aquí el amor, que Dios amara tanto a una criatura tan insignificante. Porque, ¿qué es Dios en comparación con los  mundos, su número y su probable extensión en el espacio? Dios es infinitamente mayor que todas las ideas que sugerimos con semejantes comparaciones.

Dios mismo es mayor que todo el espacio. Ningún concepto de la grandeza que haya cruzado jamás la mente de las facultades más amplias nos permitiría entender la grandeza de Dios como él es en realidad. Sin embargo, este ser grande y glorioso, que llena todas las cosas y las sustenta con su poder, se digna a mirarnos, no con su pena, ten esto en cuenta, sino con el amor de su alma que es la esencia de sí mismo, porque él es amor. «¡En esto consiste el amor!»

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