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Por: David Wilkerson

Uno de los versículos más importantes de todas las Escrituras se encuentra en la primera epístola de Pedro, donde el apóstol habla de la necesidad de que nuestra fe sea probada. “Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1:7).

La palabra griega que se usa aquí para “probada” significa «examinada con dificultades y adversidades». Este pasaje sugiere que Dios está diciendo: “Tu fe es preciosa para mí, más preciosa que toda la riqueza de este mundo que algún día perecerá. En estos últimos días, cuando el enemigo envíe todo tipo de maldad contra ti, yo quiero que tú seas capaz de mantenerte firme con una fe inquebrantable».

Pedro dice: “Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados en el día del juicio” (2 Pedro 2:9). La palabra griega que se usa aquí para tentación significa «poner a prueba las adversidades». Claramente, Dios no quiere mantenernos en nuestras pruebas. ¿Por qué querría él mantenernos en medio de la tentación y la aflicción? ¡Él no obtiene ninguna gloria en probar a sus hijos, sino en los resultados de nuestras pruebas!

Solo hay una forma de escapar de nuestras pruebas; y es pasar el examen. Piénsalo. Cuando estabas en la escuela, finalmente ¿cómo te librabas? Aprobabas el examen final. Si no aprobabas, te enviaban de regreso a clases.

Ese fue el caso del antiguo Israel. Cuando Dios los trajo al Mar Rojo, estaba probando a su pueblo, examinándolos. Los llevó al borde de la destrucción, rodeados de montañas en dos lados, un mar en otro lado y un enemigo que se acercaba en el otro.

Sin embargo, el Señor puso a Israel en esa circunstancia esperando cierta reacción. Él quería que su pueblo reconociera su propia impotencia. Quería oírlos decir: “Recordamos cómo Dios nos libró de las plagas. Recordamos cómo nos sacó del horno de la aflicción donde hacíamos ladrillos sin paja y no teníamos reposo. ¡Dios nos libró entonces y lo volverá a hacer! Regocijémonos en su fidelidad. Él es Dios y nos ha dado promesas que cumplirá. Él nos protegerá de todo enemigo que venga contra nosotros». Esa fe es un grato incienso para Dios.

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