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Por: C.H. Mackintoch

Si yo educo a mis hijos para el mundo antes que para el testimonio de Cristo, ello demuestra que Cristo no es la porción que mi alma ha elegido como plenamente suficiente para mí y como la más apreciada. Pues en fin, lo que estimaría suficiente para mí, yo lo estimaría suficiente para mis hijos, los cuales son parte de mí; y ¿sería tan insensato como para educarlos para este mundo y para Satanás, que es su príncipe? ¿Alimentaría en ellos y consentiría aquellas cosas respecto de las cuales hice profesión de haber dado muerte en relación conmigo? ¡Ello es un grave error! Y tarde o temprano veremos las tristes consecuencias.

Si dejo a mis hijos en Egipto, ello implica que yo mismo estoy allí todavía. Si los dejo gozar de Babilonia, ello indica que yo mismo amo todavía sus falsos deleites. Si mis hijos pertenecen de hecho a un sistema religioso corrupto y mundano, es porque, en principio, yo mismo pertenezco a él. “Tú y tu casa” son uno; Dios los ha hecho uno, y “lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).

Ésta es una verdad solemne y escudriñadora, a la luz de la cual podemos ver claramente el mal que significa hacer o dejar que nuestros hijos sigan una senda respecto de la cual hemos profesado haber vuelto la espalda para siempre, por creer firmemente que ella desemboca en el infierno. Profesamos estimar como “estiércol” y “escoria” (Filipenses 3:8), la literatura, los honores, las riquezas, las distinciones y los placeres del mundo; pues bien, las mismas cosas que hemos declarado ser sólo obstáculos para nuestra carrera cristiana, y que hemos profesado haber desechado para nosotros mismos, ¿las recomendaríamos diligentemente a nuestros hijos como esenciales para su progreso? Actuar así sería olvidar completamente que las cosas que son obstáculos para nosotros, no pueden absolutamente ser una ayuda para nuestros hijos, si queremos que ellos logren el mismo objetivo que nosotros.

Sería infinitamente mejor y más sincero quitar la máscara de nuestra propia mundanalidad y declarar francamente que no hemos abandonado el mundo absolutamente; y nada podría poner mejor esto de manifiesto que nuestros hijos.

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