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Por: Charles Stanley

¿Alguna vez se ha sentido desilusionado con la vida cristiana?

Tal vez comenzó su camino de fe con gran entusiasmo por Cristo y por su salvación, pero con el pasar del tiempo empezó a preguntarse por qué seguía luchando con los mismos pecados de siempre, por qué servir al Señor se había convertido en una carga en lugar de un gozo, y por qué no estaba experimentando la paz que Cristo prometió.

Así me sentí yo en un momento de mi vida.

A pesar de haber sido pastor durante algún tiempo y ver que la gente respondía al evangelio cuando predicaba, estaba insatisfecho con mi propio andar espiritual.

Me faltaba algo y no sabía qué era.

Estudiaba más la Biblia, oraba con frecuencia, ayunaba durante tres días, trabajaba más y predicaba durante más tiempo, pero seguía sintiéndome derrotado, faltándome los frutos del Espíritu en mi vida: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Ga 5.22, 23).

Estaba agotado, y mi esfuerzo no me había llevado a la victoria espiritual.

Cuando estaba en mi peor momento, tomé un libro sobre Hudson Taylor, el fundador de la Misión Interior de China. A pesar de su amor por Cristo y su deseo de servir con fidelidad al Señor Jesucristo, se describía a sí mismo como un cristiano agobiado por sus responsabilidades, derrotado por el pecado y de alma agotada.

Eso era justo lo que sentía yo.

Uno de los amigos de Taylor le escribió y le recordó que era mejor no esforzarse en sus propias fuerzas sino dejar que el Salvador obrara en él, permaneciendo en el Señor: debía confiar en Cristo para poder superar las situaciones injustas, descansar en su amor constante y ser siempre consciente del gozo hallado en la absoluta salvación de todo pecado.

Hudson Taylor tomó este consejo en serio y se transformó en un cristiano victorioso y feliz. Su carga de trabajo seguía siendo grande, pero el peso y la tensión habían desaparecido.

De repente, tenía esperanza. La respuesta era permanecer, no esforzarse en sus propias fuerzas.

En Juan 15.1-11, el Señor Jesús utilizó la ilustración de una vid y sus ramas o pámpanos para explicar la relación que los creyentes tienen con Él. Cristo es la vid y nosotros los pámpanos. Su vida es la que fluye a través de nosotros y produce el fruto, no nuestros esfuerzos.

Pero ¿qué significa permanecer?

Es una palabra que no usamos a menudo hoy en día. En las Sagradas Escrituras, significa mantenerse en una condición o relación, morar, descansar o quedarse en un lugar particular.

En Primera de Juan 3.24 se nos dice: “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado”.

Juan dice que una relación estable con Dios es aquella en la que existe la unión con Cristo, la cual ocurre en la salvación, y la prueba es el Espíritu Santo que mora en nosotros.

Como creyentes, nuestra posición es la de permanecer en Cristo, y eso nunca puede cambiar, pero algunas veces no practicamos el permanecer.

Somos como ramas que se agitan hacia arriba y hacia abajo, esforzándonos por dar algún fruto espiritual. En líneas generales, tratamos de llevar la vida cristiana con nuestras propias fuerzas, y eso es imposible.

No podemos florecer de manera genuina, a menos que permanezcamos en Cristo. Él es quien transforma nuestro carácter, vence el pecado y da poder a nuestro servicio.

Pero esto no significa que debamos sentarnos y no hacer nada.

¿Cuál es nuestra responsabilidad al permanecer?

“En esto conocemos que permanecemos en él [Cristo]: el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn 4.131 Jn 2.5, 6).

El Señor Jesús no era pasivo. Por el contrario, era muy activo, pero no trabajaba con energías humanas. Era la demostración perfecta de una vida llena del Espíritu (Lc 4.1).

El Hijo de Dios, omnipotente y soberano, dependía del Espíritu y se sometía al Padre. Dijo: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Jn 14.10).

Así que, para permanecer activos en Cristo, debemos caminar como Él lo hizo; no en nuestra propia fuerza y sabiduría, sino en dependencia del Espíritu Santo y en sumisión y obediencia al Padre y a su Palabra.

¿Cuáles son los beneficios de permanecer en Cristo?

Como humanos, nos gusta tener el control, por lo que la vida en Cristo puede parecer exigente, pero los beneficios superan con creces cualquier pérdida percibida.

De hecho, todo lo que tenemos que perder es el esfuerzo, la derrota, el agotamiento y el desánimo. En cambio, encontramos descanso para el alma, servicio y carácter fructíferos, respuesta a la oración, confianza en el amor de Dios por nosotros y plenitud de gozo (Jn 15.5-11).

En esencia, esa es la descripción de una vida cristiana floreciente y victoriosa que glorifica a Dios y demuestra que se es un discípulo de Cristo (Jn 15.8).

Si usted está pasando por un momento difícil, inhóspito y estéril, aunque se haya equivocado mil veces, aún hay esperanza: no tiene porqué seguir así. Cada día es una oportunidad para practicar la permanencia en Cristo.

Cada vez que me encuentro cansado, ansioso y derrotado, me pongo de rodillas y confieso que estoy confiando en mí mismo en lugar de confiar en Cristo.

Cuando me suelto y le entrego todas mis preocupaciones al Señor, su paz llena mi alma. Entonces, mientras confío en el Señor, Él me da fuerzas para lidiar con lo que sea que esté enfrentando.

Y Él hará lo mismo por usted.

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