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Por: Charles Spurgeon

¡Libre albedrío en que algunos creen!; ¡libre albedrío con que algunos suenan!; ¡libre albedrío! ¿Dónde se encuentra? Lo hubo una vez en el paraíso, y cometió tan terrible torpeza, que fue la causa de la ruina del Edén y de la expulsión de Adán.

También lo hubo una vez en el cielo, y destronó a los gloriosos arcángeles, y una tercera parte de las estrellas cayeron al abismo. No quiero saber nada del libre albedrío; pero al tratar de averiguar si está en mí, descubro que lo tengo, poderosamente capaz para el mal, y completamente inútil para el bien. Suficientemente libre cuando peco; y, cuando quisiera hacer lo bueno, hallo que el mal está en mí, y el bien que quiero, no puedo.

Con todo, algunos se jactan de poseerlo. Me pregunto si los que creen en él, tienen algún poder superior al mío sobre la voluntad de los demás; porque yo sé que no tengo absolutamente ninguno.


Hallo verdad el viejo proverbio que dice: “Un hombre puede llevar el caballo al abrevadero, pero cien hombres no pueden hacerle beber”. Yo puedo traeros a todos vosotros al agua, y a muchos más de los que puedan caber en esta capilla; pero no os puedo hacer beber, ni creo que lo consiguieran cien ministros juntas. He leído al viejo Rowland Hill, a Whitefield, y a otros muchos, para saber qué sistema empleaban para salvar almas; pero no he descubierto ningún plan para doblegar vuestra voluntad. Verdaderamente, no puedo coaccionaros; no os someteríais por ninguna clase de medios. No creo que nadie tenga poder sobre la voluntad de los demás; sólo el Espíritu Santo lo tiene. “Tu pueblo será lo de buena voluntad en el día de tu poder.”

Él hace al pecador reacio tan dispuesto, que se lanza impetuosamente en pos del Evangelio. El que antes era obstinado, después se da prisa por llegar a la cruz; el que se reía de Jesús, se abraza a su misericordia; y el que no quería creer, por la obra del Espíritu, cree; y no sólo voluntariamente, sino, además, con vehemencia; es feliz y se alegra; se goza al escuchar el nombre de Jesús, y disfruta al seguir el camino de los mandamientos de Dios. El Espíritu Santo, pues, tiene poder sobre la voluntad.

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 352 -353

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