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Por: Charles Stanley

Cuando mis hijos eran pequeños, les encantaba acampar.

Era antes de los días de los teléfonos móviles, y no había teléfono en nuestra casa rodante, así que tenían a papá para ellos solos. Pueden imaginarse que, como pastor ocupado, en casa recibía llamadas telefónicas una tras otra, y los niños solo querían tener un tiempo en el que nadie más pudiera interrumpirnos.

Ahora imagínese, como hijo de Dios, usted tiene toda la atención del Creador del universo, en cualquier momento que lo llame.

Dios nunca está demasiado ocupado, y nunca nadie lo llamará antes de que usted haya terminado de derramar su corazón ante Él. ¡Qué privilegio!

¿Por qué no lo aprovechamos más a menudo?

Creo que una de las principales razones es la falta de comprensión de las bendiciones que tenemos en Cristo.

Somos hijos del Todopoderoso. Sin embargo, a veces nos centramos tanto en las preocupaciones terrenales que nos olvidamos de clamar a Dios o de confiar en Él. Al poco tiempo terminamos soportando todas las cargas, sintiéndonos derrotados por las pruebas, y sufriendo de sentimientos de insatisfacción.

Si se siente agobiado por temores y cargas emocionales, no tiene por qué ser así.

La paz, la alegría, la libertad y la victoria deben caracterizar a los creyentes en el Señor Jesucristo. Estas cualidades nos llenan y equilibran mientras nos enfocamos en las riquezas espirituales que son nuestras como resultado de la salvación.

Entonces, ¿qué es con exactitud lo que Cristo ha provisto para nosotros?

Me gustaría centrarme en solo tres de sus muchos dones.

En primer lugar, tenemos la aceptación de Dios.

“[Dios] habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef 1.5, 6).

Una de nuestras necesidades humanas más básicas es el sentido de aceptación y pertenencia, y eso es justo lo que nos da Cristo. Una vez que hemos confiado en Él como nuestro Salvador, pasamos a formar parte de la familia de Dios para siempre.

El Señor no nos dice que limpiemos nuestras vidas y dejemos de pecar antes de venir a Él.

No podríamos hacer eso aunque lo intentáramos. Tan solo nos invita a venir como somos a Cristo, y confiar en que su muerte cubre todos nuestros pecados. En ese momento, somos perdonados y revestidos de la justicia de Cristo.

El Padre nos acepta, no por lo que somos y hemos hecho, sino por quien es Cristo y lo que Él hizo.

“Al que no conoció pecado, por nosotros [Dios] lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co 5.21).

Ahora bien, eso no significa que uno pueda vivir una vida de depravación. La aceptación de la gracia de Dios es una motivación para la obediencia santa, no una licencia para pecar. Nos permite venir al Señor en confesión, recibir el perdón y ser parte del proceso de santificación de por vida.

Aunque Dios odia el pecado, ama y acepta a sus hijos.

Otro regalo asombroso que tenemos en Cristo es la vida eterna.

Al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, la vida eterna no comienza después de morir y entrar al cielo. Más bien, se convierte en nuestra desde el momento de la salvación.

El Señor Jesús dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3.36).

Por lo general pensamos en la vida eterna como una vida sin fin, pero es mucho más que eso.

La vida eterna es una calidad y un carácter de vida diferente por completo; es la vida divina sobrenatural de Dios que habita en nosotros a través de nuestra unión con Cristo: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn 5.11).

Por eso los creyentes nunca pueden perder la salvación. Cuando Cristo es nuestro Salvador, su vida fluye a través de nosotros ahora mismo y continuará para siempre.

Un tercer don que Cristo nos da es la comunión con Dios.

Habiendo sido uno de los doce discípulos del Señor Jesús, Juan escribió: “lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1.3).

Cuando una persona cree en el evangelio y se vuelve a Cristo con fe, entra en una relación personal de comunión con Él y con el Padre.

Comunión significa unión, intimidad, vinculación y compartimiento.

Las personas de otras religiones pueden hablar u orar a estatuas e ídolos, pero nunca podrán tener una relación personal con ellos (Sal 115.4-6).

Tenemos a nuestro Padre celestial quien nos invita a acudir a Él con todas nuestras preocupaciones. Cuanto más lo conozcamos a través de su Palabra y de la oración, más precioso será para nosotros la comunión que disfrutamos con Él.

¿Vive usted en la realidad de estos tres dones que son suyos en Cristo: la aceptación de Dios, la vida eterna y la comunión con el Padre y el Hijo?

Cuando crea y viva en estas verdades, estas se convertirán en parte vital de su pensamiento y le sostendrán en medio de cada prueba y angustia. En lugar de estar agobiado por la derrota, la insuficiencia y la inseguridad, su confianza en el Señor crecerá.

Confíe en su Padre celestial como el hijo amado que es.

Comprender y disfrutar de las bendiciones de Dios le liberará para disfrutar de una vida cristiana victoriosa.

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