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Por: William Bridge (c.1600 – 1670)

Si quieres conservar tu consuelo, ponlo en las manos de Cristo para que Él lo guarde. Si un niño que no sabe cómo guardar su dinero recibe una moneda de alguien, se la lleva a su padre o a su madre y le dice: «Mamá, por favor, guárdame esta moneda».

Ya sabes, por propia experiencia, que no puedes conservar el consuelo por ti mismo; lo perderás y lo gastarás rápidamente.

Jesucristo es el Gran Tesorero de todas nuestras virtudes, y también es el Gran Guardián de todo nuestro consuelo; así que, cuando a Dios le agrade concederte algún consuelo, acude a Jesucristo y dile: «Señor, guárdame mi consuelo, guárdame las evidencias,  guárdame la seguridad».

No debes depender de Cristo para obtener solamente virtudes, sino también consuelo; y debes depender de Él para que te los guarde tanto como para obtenerlos.

Haz como Moisés: aunque estaba en el palacio de Faraón disfrutando de un puesto magnífico en la presencia del Rey, salió a visitar a sus hermanos y a consolarlos «en sus duras tareas» (Éxodo 2:11): «Voy a ver — pensó— cómo les va a mis hermanos en sus duras tareas».

Haz tú lo mismo. ¿Le ha hablado el Señor paz y consuelo a tu alma y te encuentras ahora en la presencia del Rey de reyes, con Su rostro resplandeciendo sobre ti y con todo tu consuelo restablecido? Entonces, sal a ver a tus hermanos y entérate de si alguno sufre bajo alguna carga; y con el mismo consuelo con que has sido consolado, consuela a otros, teniendo esto por cierto: que cuanto más gastes, más tendrás y más durará tu consuelo. Cristo espera que el consuelo que obtenemos de Él lo invirtamos para Él.

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