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Por: Teología sana.

En 1854, cuenta el predicador C. H. Spurgeon en uno de sus libros:

“El barrio en que yo vivía en Londres fue asolado por una epidemia de cólera. Cada día yo debía visitar a docenas de enfermos y con gran frecuencia tenía que hablar al borde de una tumba. Acabé por hallarme preso de un terrible cansancio y acompañado por una gran depresión moral. Caían mis amigos uno tras otro y yo estaba en peligro de ser víctima del contagio.

El Señor permitió que un día que yo volvía a casa muy deprimido después de un entierro, mis ojos fuesen atraídos por un letrero en el escaparate de un zapatero. En un primer momento creí que se trataba de una propaganda comercial, pero vi que me había equivocado, pues era un cartel escrito a mano, con grandes letras que decían:

Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, Al Altísimo por tu habitación, No te sobrevendrá mal, Ni plaga tocará tu morada

Salmos 91:9,10

Por la fe me apropié estas palabras. Seguí visitando a los moribundos con perfecta serenidad. La plaga cedió y yo no recibí mal alguno. El Señor tuvo a bien sugerir al zapatero, cuya fe fue honrada al par que la mía, aquella tosca copia de la Sagrada Escritura, trazada por un sencillo zapatero”

Muchos países actualmente están enfrentando lo que la Organización Mundial de la Salud ha denominado ya una pandemia: el coronavirus.  La gente ha entrado en crisis y ha empezado a comprar desproporcionalmente algunos insumos, causando desabastecimientos y pánico en las personas.

Si bien es cierto que las medidas recomendadas son importantes y que todos debemos hacer nuestra parte, no debemos olvidar que Dios es nuestro único amparo y fortaleza, que sólo Él puede librarnos de la peste destructora, como dice en Salmos 91: 6, no debemos temer a: “…pestilencia que ande en oscuridad, Ni mortandad que en medio del día destruya”.

No permitas que el miedo o la incertidumbre te dominen, pueden haber cientos de malas noticias, pero el Dios en quien confiamos, es más poderoso que cualquier pandemia y Él tiene cuidado de cada uno de nosotros.

Descansa en Dios, aprópiate de sus promesas, que otros puedan ver en ti la confianza de un hijo que sabe quién es su Padre y lo poderoso que es para guardarte de todo mal.

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