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Por: David Harsha


La aflicción viene sobre todos. Ninguno está exento de los hechos dolorosos a nuestra naturaleza caída. Los jóvenes, los viejos, los ricos y los pobres, por igual, sienten el toque fulminante de la aflicción y el dolor. La enfermedad invade la constitución más fuerte y la aflicción abate el vigor más imponente. A menudo, los que están en la plenitud y el vigor de la vida yacen en sus lechos enfermos y se les hace sentir que son criaturas muriéndose. ¡Cuán cierto es que «el hombre, nacido de mujer, corto es de días y lleno de tormentos» (Job 14:1).


Los hijos de Dios no están exentos de las aflicciones de esta vida, pero es su bendito consuelo saber que tienen un Amigo que simpatiza con ellos en todas sus penas y sufrimientos mientras están en este estado mortal. Sí, Jesús es ese amigo que vela en sus lechos de enfermos y consuela sus espíritus desanimados en medio de la fragilidad de la naturaleza que se hunde. ¡Oh, cuán a menudo el bendito Jesús manifiesta maravillosamente Su amor para con los afligidos! ¡Cuán a menudo susurra palabras de paz, amor y consuelo en sus oídos! ¡Cuán a menudo, en la manifestación de Su amor, sus almas se desbordan de alegría, incluso cuando sus cuerpos están atormentados por un dolor severo!


Cristo siempre cumplirá esa grata promesa: «Y como tus días serán tus fuerzas» (Dt. 33:25). Y en medio de todas nuestras pruebas y aflicciones aquí, podemos confiar inamoviblemente en las promesas de nuestro amoroso Redentor que no nos abandonará en la hora de la angustia. Entonces Él nos manifestará Su amor y nos mostrará las riquezas de Su gracia. En todas nuestras pruebas, Su promesa es la siguiente: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9).


Todas las aflicciones de los hijos de Dios están diseñadas para su bien. Proceden de un Padre celestial bueno, de un Dios de amor; y uno de Sus designios es la purificación y la santificación de los creyentes. «Y volveré mi mano contra ti, y limpiaré hasta lo más puro tus escorias, y quitaré toda tu impureza» (Is. 1:25). «De esta manera pues será purgada la iniquidad de Jacob; y éste será todo el fruto, la remoción de su pecado» (Is. 27:9 RVA). «También algunos de los sabios caerán para ser depurados y limpiados y emblanquecidos, hasta el tiempo determinado» (Dn. 11:35). «Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados» (Dn. 12:10).

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