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Por: John MacArthur

La Escritura afirma tanto la soberanía divina como la responsabilidad humana. Debemos de aceptar ambos lados de la verdad, aunque no entendamos como encaja uno con otro. Las personas son responsables por lo que hacen con el evangelio—o con la luz que tengan (Ro. 2:19, 20), de tal manera que el castigo es justo si rechazan la luz.

Y aquellos que la rechazan lo hacen voluntariamente. Jesús lamentó, “y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40). El le dijo a los incrédulos, “si no creéis que yo soy [Dios], en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24).

En Juan 6, nuestro Señor combinó tanto la soberanía divina como la responsabilidad humana cuando dijo, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (v. 37). “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna” (v. 40); “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (v. 44); “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (v. 47); y, “ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (v. 65). Como es que estas dos realidades pueden ser verdad simultáneamente no puede ser entendido por la mente humana—sólo por Dios.

John MacArthur, Ashamed of the Gospel: When the Church Becomes Like the World (Wheaton: Crossway Books, 1993).

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