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Por: John MacArthur

Es sin dudas cierto que la mayoría de los incrédulos no se consideran a sí mismos enemigos de Dios. Muchos creen que, porque no son abiertamente enemigos de Dios, son en realidad amistosos con Él. Pueden incluso tener conocimiento de su existencia y su bondad, veracidad y poder, pero los sentimientos y pensamientos afables sobre una divinidad soberana están muy distantes de una relación salvadora con el Dios verdadero.

La mayoría de los inconversos dicen estar buscando sinceramente a Dios y que simplemente no lo han encontrado todavía. Pero Pablo, citando a David, aclara que tal reclamo no es cierto, diciendo: “No hay quien busque a Dios” (Ro. 3:11; cp. Sal. 14:2). Tales personas pudieran muy bien estar buscando lo que pueden obtener de Dios, su amor, provisión, seguridad, esperanza y otras bendiciones, pero no quieren a Dios mismo. Quieren un dios confeccionado por ellos mismos, que cumpla sus deseos, que tolere sus pecados y que los lleve al cielo de todas maneras. No quieren su perdón, su justicia ni su señorío y, por consiguiente, no lo quieren a Él.

Muchos incrédulos que dicen conocer a Dios y ser de Cristo son exteriormente morales, serviciales y amistosos. Como el joven rico que le dijo a Jesús que había guardado todos los mandamientos desde su juventud (Lc. 18:21), ellos piensan que han vivido vidas buenas y aceptables. Y por esa misma razón, no sienten necesidad de la salvación o de la justicia perfecta de Cristo, que Dios confiere a los que confían en su Hijo.

Algunos incrédulos que se disfrazan de cristianos tienen bastante conocimiento del evangelio y hablan bien de él; pero, como se citó antes, Pedro dice de tales personas que “mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado” (2 P. 2:21).

Pueden participar regularmente en los cultos de adoración de los cristianos y en otras actividades. Incluso pueden sentirse mal cuando pecan, reconocer sus imperfecciones y, como el gobernador Félix, tener cierta preocupación por su reputación ante Dios, pero nunca desean abandonar sus pecados o reconocer a Cristo como Señor y Salvador (Hch. 24:25). A pesar de lo que parezcan y digan, los “enemigos de la cruz de Cristo” (Fil. 3:18) son todos los que no son redimidos ni regenerados, los que se oponen a Jesucristo, su evangelio y su iglesia, “el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Fil. 3:19)

El título del artículo fue elaborado por el administrador del Blog. Fragmentos tomados del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Santiago © 2014 por Editorial Portavoz p. 208 209

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