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Por: Charles Spurgeon

Permítanme que le recuerde al cristiano, para que haya un rayo de luz en la densa oscuridad de este sermón, que para él la Muerte no debería ser nunca un tema sobre el que debería detestar meditar.

¡Morir! Despojarme de mi debilidad y quedar ceñido con omnipotencia. ¡Morir! Dejar mis angustias, dolores, miedos, aflicción, mi débil corazón, mi incredulidad, mis estremecimientos y mis congojas, y saltar al pecho divino.

¡Morir! ¿Qué tengo que perder por la Muerte? El tumulto de la gente y la contención de lenguas. ¡Una dichosa pérdida en verdad! Para el creyente la muerte es ganancia, una ganancia sin aleaciones. ¿Dejamos a nuestros amigos por la Muerte? Veremos a mejores y más numerosos amigos allá arriba en la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo. ¿Dejamos nuestra casa y comodidades? «Hay una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos».

¿Perdemos nuestra vida? Ah, no, ganamos una vida mucho mejor pues recuerden que vivimos para morir, morimos para vivir, y luego vivimos para no morir más. La muerte para el creyente es una ganancia gloriosa sin ninguna fracción de pérdida.

Es grandemente sabio, entonces, que un cristiano hable con sus últimas horas, porque esas últimas horas son el comienzo de su gloria. Deja de pecar y comienza a ser perfecto; cesa de sufrir y comienza a ser feliz; renuncia a toda su pobreza y vergüenza y comienza a ser rico y honorable.

Consuélense, entonces, ustedes, cristianos acongojados y sufrientes. «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios». Diles que su guerra es cumplida, su pecado es perdonado y que verán el rostro del Señor sin un velo intermedio

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