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Por: J. C. Ryle.

La seguridad hace posible que el hombre duerma tranquilo, aun con la perspectiva de morir al día siguiente, como Pedro en el calabozo de Herodes. Le enseña a decir: «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado» (Salmos 4:8).

La seguridad hace posible que el hombre se regocije de padecer afrentas a causa de Cristo, como lo hicieron los apóstoles cuando los pusieron en la cárcel en Jerusalén (cf. Hechos 5:41). Le recuerda que puede experimentar lo que enseña Jesús en el Sermón del Monte: «Gozaos y alegraos» (Mateo 5:12) y que hay en el cielo un excelente peso de gloria que compensará todo lo demás (cf. 2 Corintios 4:17).

La seguridad hace posible que el creyente enfrente una muerte violenta y dolorosa sin temor, como lo hizo Esteban en los primeros tiempos de la iglesia de Cristo y como Cramer, Ridley, Hooper, Latimer, Rogers y Taylor en sus respectivos países. Le trae a la mente los textos «No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer» (Lucas 12:4). «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hechos 7:59).

La seguridad fortalece al hombre en sus dolores y enfermedades, le tiende la cama y alisa su almohada en su lecho de muerte. Le hace posible decir: «Si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio» (2 Corintios 5:1). «Teniendo deseo de partir y estar con Cristo»  (Filipenses 1:23). «Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre» (Salmos 73:26).

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