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Por: Thomas Watson


El pecado es peor que la aflicción. Hay más malignidad en una gota de pecado que en un mar de aflicción, porque el pecado es la causa de la aflicción, y la causa es más que el efecto. La espada de la justicia de Dios yace quieta en la vaina, hasta que el pecado hace que sea sacada.

La aflicción es buena para nosotros: «Bueno es para mí ser afligido» (Salmo 119:71 LBLA). La aflicción produce arrepentimiento: «Cuando estaba en angustia, Manasés imploró al Señor su Dios, y se humilló grandemente delante del Dios de sus padres» (2 Crónicas 33:12). La víbora, al ser golpeada, expulsa su veneno. De la misma manera, cuando la vara de Dios nos golpea con la aflicción, escupimos el veneno del pecado.

La aflicción mejora nuestra gracia. El oro es más puro, y el enebro más agradable, cuando están en el fuego. La aflicción evita la condenación: «Somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo» (1 Corintios 11:32).

Por lo tanto, la aflicción es en muchos aspectos para nuestro bien, pero no hay bien en el pecado. La aflicción de Manasés lo llevó a la humillación y al arrepentimiento, pero el pecado de Judas lo llevó a la desesperación y la condenación. La aflicción solo alcanza al cuerpo, pero el pecado va más allá — envenena el espíritu y desorienta los afectos. La aflicción es correctiva; el pecado es destructivo. La aflicción solo puede arrebatar la vida; el pecado arrebatar el alma (cf. Lucas 12:20).

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