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Por: J. C. Ryle

Jesús sabe exactamente cómo consolar la aflicción de su pueblo. Sabe cómo derramar aceite y vino en las heridas del espíritu, conoce la forma de llenar los vacíos de los corazones, cómo pronunciar palabras que alivien el cansancio de los suyos, cómo curar el corazón partido, cómo atender al que está en el lecho del dolor, cómo acercarse cuando le invocamos en nuestra debilidad y decir simplemente: «No temas», yo soy tu salvación (Lm. 3:57).

Hablamos de lo reconfortante es que alguien se conduela de nosotros. ¡No hay compasión como la de Cristo! En todas nuestras aflicciones, él está con nosotros. Él conoce nuestras penas. Cuando sufrimos dolor, él se duele, y como el buen médico, no escatima ni una gota de medicina para calmar nuestro dolor.

David dijo cierta vez: «En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma» (Sal. 94:19). Estoy seguro de que más de un creyente podría decir lo mismo: «A no haber estado Jehová por nosotros, hubieran entonces pasado sobre nuestra alma las aguas impetuosas» (Sal. 124:2, 5).

¡Es maravilloso cómo el creyente supera todas sus angustias! ¡Es impresionante cómo, cuando pasa a través del fuego de la prueba y la inundación de muchas aguas, recibe consolación! ¿Cómo es posible? Simple y sencillamente es posible porque Cristo, no solo es justificación y santificación, sino también consuelo. «He visto sus caminos; pero le sanaré, y le pastorearé, y le daré consuelo a él y a sus enlutados» (Is. 57:18).

¡Oh, a usted que quiere gozar de tranquilidad constante, lo encomiendo a Cristo! Sólo en él no hay fracaso. Los ricos se decepcionan de sus bienes. Los sabios se decepcionan de sus libros. Los cónyuges se decepcionan de sus parejas. Los padres se decepcionan de sus hijos. Los estadistas se decepcionan, a pesar de que conquistan posición y poder después de mucho luchar. Al final de cuentas, descubren que tienen más problemas que placer. ¿Y qué produce la decepción, sino enojo, intranquilidad incesante, preocupación, vanidad y aflicción de espíritu? En cambio, para la gloria de Dios, nadie jamás ha sido decepcionado estando en Cristo.

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