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Por: J. C. Ryle.

Muchos de los hijos de Dios se las arreglan muy bien mientras no tienen problemas.

Siguen a Cristo bastante bien mientras brilla el sol. Creen estar confiando plenamente en Cristo. Se engañan pensando que han echado sobre él todas sus cargas. Tienen la reputación de ser muy buenos cristianos.

Pero de pronto, les sobreviene una prueba inesperada. Pierden sus bienes. Les diagnostican una enfermedad. La muerte hace su entrada en su hogar. Surgen tribulaciones o persecuciones debido a la Palabra. Y ahora, ¿dónde está su fe? ¿Dónde está la confianza segura que creían tener? ¿Dónde está su paz, su esperanza y su resignación? Ay, las buscan y no las encuentran.

Ay, son pesados en balanza y son hallados faltos (Dn. 5:27). El temor, la duda, la desesperación y la ansiedad irrumpen sobre ellos como un diluvio y no saben qué hacer. Sé que ésta es una descripción triste. Apelo a la conciencia de todo cristiano verdadero para que me diga si lo que digo no es correcto y la verdad.

La verdad lisa y llana es que no existe la perfección literal y absoluta entre los cristianos verdaderos mientras están en el cuerpo. El mejor y más brillante de los santos de Dios no es más que un pobre ser confundido. Por más convertido, renovado y santificado que sea, sigue sujeto a debilidades y enfermedades.

No existe ni un justo sobre la tierra que haga siempre lo bueno y que no peque. Si ofendemos en una sola cosa, ofendemos en todo. Alguien puede tener una fe auténticamente  salvadora, sin embargo, no siempre tenerla a la mano, lista para ser usada (Ec. 7:20;Stg. 3:2).

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